domingo, 27 de noviembre de 2022

44

  


Ahora que han llegado mis 44 y como es habitual en mis últimas vueltas al Sol, me gusta hacer reflexión de lo acontecido en estos últimos 365 días y oye, este año ha sido de lo más revelador.

Todos sabéis que después de una catarsis absoluta, a través de diferentes puntos de apoyo conseguí darme cuenta que hacía demasiado tiempo que vivía sumida en un gris crónico que me aportaba una infelicidad e insatisfacción interna constante sin motivo.

Lo que es más importante es que conseguí salir de ese gris, sintiéndome hoy mismo incapaz de expresar en palabras la inmensa sensación de felicidad general que me envuelve en mi día a día actual.

¿Qué ha cambiado? Mismo trabajo, misma familia, mismos amigos, mismo lugar de residencia, mismo cuerpo.

No puedo decir que haya cambiado ni yo misma como persona, soy la misma, con mis lorzas de más, mi cálculo mental de menos, mi impaciencia de mucho y mi constancia de bajo cero.

Nada ha cambiado excepto mi punto de vista. Tan fácil como eso. 

Simplemente ahora pongo el foco en lo bueno que tengo, que para mi sorpresa, es mucho.

Simplemente ahora me siento agradecida por todas esas toneladas de favorabilidad que tengo a diario, y simplemente ahora, discierno con claridad qué cosas pueden amargarme mi tiempo y cuáles no ¿Y sabéis qué? hay bien pocas que cumplan las características necesarias para ello porqué si os fijais como dice Amapolas:  “Erase una vez una puerta cerrada, una ventana abierta y una mujer valiente. Fin.”

Ese quiero que sea mi libro de cabecera todas las noches, no necesitar nada más que eso en mi pensamiento porqué sé que con eso y millones de ventanas, lo tengo todo.

Y le doy vueltas a eso …una puerta cerrada, una ventana abierta y una mujer valiente….

una mujer valiente…

mujer…

valiente…

Desde siempre me gusta la valentía, así en general, sin género, no como cuando es femenina que entonces no me gusta, me fascina.

Soy muy fan de ciertas mujeres que para mi son o fueron valientes, Karen Blixen, Frida Kahlo, Ana Fisher y muchas más. Y tal vez lo que para mi es valentía para vosotros es una caca pinchada en un palo, pero qué más me da. Valentía es precisamente que te de lo mismo que tu opinión sea diferente a la del resto de la gente.

He buscado la diferencia entre coraje y valentía y resulta que esta última es hacer algo peligroso sin pensar, mientras que en el coraje caminamos hacia el peligro a sabiendas de los riesgos.

En este caso debo decir que, para mi, valentía se equipararía a inconsciencia y por lo tanto no me parece demasiado aplaudible.

Me quedo pues, con el coraje. Empecemos de nuevo.

Me gusta el coraje, así en general, sin género, no como cuando es femenino que entonces no me gusta, me fascina.

Y no creo que para ser corajosa sea necesario luchar contra un león o saltar de un rascacielos en salto base, a mi las muestras de coraje que me maravillan son las cotidianas.


Y de sobras sé que mis muestras cotidianas en este terreno, y doy mil gracias por ello, no recaen en tener que buscar comida o pasar penurias para pagar la hipoteca, tampoco en luchar contra una enfermedad, ni sufrir por algún familiar o amigo. Mis complicaciones sólo tienen que ver conmigo y mis propias trabas emocionales y ya solamente por eso son infinidad de veces más triviales que las de cualquier otra persona con problemas graves.

Yo veo coraje en mi vida cuando estás hecha polvo y aun así te arreglas y te pones tu vestido más colorido para salir a la calle y también lo es cuando te pasas todo por el forro y decides salir sin peinar, con el pantalón de tu pijama negro y con la ralla del rímel corrida porque no te apetece lavarte ni la cara.

Precisamente ese cambio de paradigma en mi mente, el no autoimponerme ciertas normas, para mi, es sinónimo de coraje.

Coraje por querer romper cadenas mentales, tapujos y prejuicios. Me entusiasman las personas que superan sus límites y deciden de qué manera exacta quieren vivir su vida y quieren dirigir su cuerpo y su mente. Cuando esa decisión proviene de una misma y además de pensarlo, lo llevas a cabo, la sensación que se genera es como un terremoto bajo tus pies que te sacude cuerpo y alma y te hace literalmente, volar.

Y no me cabe duda que la humanidad siempre ha tenido miedo a las personas, en este caso, a las mujeres que vuelan, ya sea por ser Amelia Earhart , ser brujas o por ser libres. 

Y eso es precisamente lo que yo quiero ser, libre. Bruja puede que ya lo sea.

El punto clave de esta disertación es que he aprendido que no puede haber libertad sin coraje y ahí es donde yo quería llegar.

En mi caso he necesitado coraje para superar dos fobias concretas que me limitaban enormemente y por consiguiente me restaban libertad. Una creo que la tengo superada, la otra estoy en ello.

Necesité coraje para parar, bajarme del mundo laboral por unos meses y resetearme para volver a conectar.

Tuve que emplear también coraje para replantear ciertos aspectos en mi relación de pareja y exponerme ante esta con mis verdaderas necesidades y deseos.

Coraje para enfrentarme a pacientes descontentos con el sistema, que tienen la razón la mayoría de las veces, a los que no puedo solventar sus dificultades pero si puedo transmitirles que aunque sea desde la base asistencial hay profesionales que nos preocupamos por su bienestar y creedme, ese acompañamiento ha repercutido en más satisfacción al final del día para mi que esfuerzo.

Coraje para aceptar que mis partes oscuras no lo son, y como dice Drexler, darles asilo. Abrir mis brazos y cerrarlos con ellas dentro. Llevar mis nubes a otros cielos de nubes pasajeras y sin duda, preferir lamer después mis heridas a que mi valentía (esta vez sí) pierda filo.

Coraje para llevar a la práctica algo que alguien me dijo una vez sobre que si no puedes, al menos, intentarlo por ti misma, es que no es para ti.

Coraje para aprender a mirarme al espejo y anteponer felicidad a castigo (aunque si os soy sincera ese tema es una veleta viviente, puedo estar a full con el Body Positive y simultáneamente comprarme una faja más fuerte que el acorazado Potemkin)

Y por encima de todo, coraje para reconocer que estaba caminando por el sendero equivocado, que teniéndolo todo sentía que no disponía de nada y decretar un golpe de estado conmigo misma para empezar de cero y agradecer todo lo bueno que tengo.

Agradecer diariamente desde la salud general de toda mi familia hasta la siesta que puedo echarme los días que trabajo de mañana, desde la maravillosa red social de amigos que tengo hasta mis espacios de mindfulness desayunando en la mesa de la cocina con mi velita con aroma a bosque de invierno encendida.

Desde nuestra gran y modesta casa en el pueblo, sus gentes, sus actividades y ese “je ne sais quoi ” que tiene Alborge en esencia, que te atrapa y me aporta tanta felicidad hasta mi diminuto taller de creación de pintura, escritura y costura que he podido robar de un rinconcito de mi salón.

Por aquellos que me han enseñado a hacer el amor (y no la guerra).

Por mi IncrediBunch, mis padres, mis amigos y mis compis de trabajo, que siempre están.

Por todo esto y muchísimo más me siento tan bendecida en este último año, y me doy cuenta lo importante que ha resultado ese coraje del que os hablaba para llegar a este momento de claridad emocional. Tanto es así que creo que mi piropo favorito a partir de ahora debería ser ese por qué cuando esta columna era sólo un boceto inconexo (que es como se inician todas mis columnas de hecho) pensé de título algo así como “mi tipo de mujer ideal” y como siempre, la descripción era una mujer con más de esto, menos de aquello, sin demasiado de lo otro, y vi que las modificaciones necesarias para llegar a mi ideal recaían en un alto porcentaje en cualidades de belleza exterior. Cierto es que esa belleza es hermosa para la vista y confiere una gracia especial a quien la posee y yo precisamente le doy mucha importancia, pero con mi nuevo arquetipo, yo quisiera sobre todo, centrarme en tener más de la otra, ese tipo de belleza que tambalea los cimientos del suelo con su paso firme, que refresca el espacio como una brisa del Ártico, que dirige su rumbo con su propio faro interior, esa belleza que tiene la fuerza para hacer que los planetas giren.

Justo para eso me viene como anillo al dedo una frase de Rupi Kaur que dice: “quiero disculparme con todas las mujeres a las que he llamado guapas antes de haberlas llamado inteligentes o valientes, siento haberlo hecho sonar como si algo tan simple como es con lo que has nacido, es lo máximo de lo que tienes que estar orgullosa cuando tu espíritu ha aplastado montañas. De ahora en adelante diré cosas como eres resiliente o eres extraordinaria no porque no piense que eres guapa sino porque eres mucho más que eso.”

A la vista de todos estos pensamientos, diría que mi mujer ideal no existe, es un poco de esto y algo de aquello pero sobre todo estoy segura que no nace, se hace. 

Mucho tiempo ha pasado desde que Josu me dijo , que era calcada a la Jane Porter de Tarzán de Disney, en su momento no lo tomé como algo a resaltar pero hoy al releer una descripción que encontré hace años y me gustó mucho pero con la que no conseguí verme identificada, de repente, me he reflejado en ella como aquella Jane. Y me ha hecho sentir bien.

“Ella , que es más de personas que de cosas, más de momentos que de regalos y que nunca se rinde mientras busca lo que la hace feliz” y yo no soy nadie para decir lo que el mundo necesita, pero si soy alguien para decir lo que yo necesito y por tanto quiero que haya más de eso. Quiero más de esa Jane y quiero más de ese coraje, de esa libertad y sin duda, de esa felicidad que percibo como recién estrenada.

Permitidme pues, que me ponga manos a la obra para mantenerla, mínimo, en mis nuevos 44.




martes, 7 de junio de 2022

Chill

 



Hace poco un buen amigo, Kiko, me contó que Laia, una de sus hijas, a menudo le dice : - “ papa, Chill; sobre la marcha”; que vendría a ser  lo mismo que “relaja la raja “ que dirían en mi pueblo pero con un poco más de glamour.

A raíz de eso, llevo pensando un tiempo, ¿y si resulta que el modo de ver la vida de esta muchachita de 17 años es la solución?

He buscado el significado exacto de chill y literalmente es enfriarse y teóricamente proviene de los años 80 de las fiestas ibicencas donde había una pista con música relajante y suave para enfriarse y calmarse de las otras pistas de baile donde se supone el ritmo era más frenético. De ahí, el término chill out, relajarse.

Hacerlo todo más fácil y dejar que lo que tenga que ser fluya. Recuerdo haber hablado en anteriores ocasiones de aquello de dejarse mecer por la brisa y ser como el bambú, aquello de aquel libro de “a donde el corazón te lleve” y en el fondo ciertamente eso es lo que hago, me dejo llevar por mis emociones. Lo que pasa es que estas son tan vehementes que más que mecerme por la brisa, me dejo arrollar como una veleta en un vendaval. Pero si yo aprendo a dejarme fluir en calma… la vida, las emociones, las circunstancias y a través de todo eso, que emane también el camino a seguir.

En medio de estos pensamientos, me llamó un amigo del pueblo para consultarme sobre una herida que se había hecho su hijo, un tio mio me ha confirmado que aquella lesión en la piel que le vi y le aconsejé encarecidamente que fuera valorada por un dermatólogo ha sido finalmente maligna y se la han extirpado y el otro día me  encontré a un antiguo paciente mientras mi marido se compraba ropa y me preguntó por mi ausencia laboral, al explicarle mis motivos me dijo que mi profesión no podía permitirse perder una enfermera que recibiera a los pacientes con una sonrisa como yo solía hacerlo, justo el 12 de mayo,precisamente día de la enfermera. 

El 12 de mayo, siendo que a pesar de haber estado pasando por la mayor crisis existencial de mi vida laboral, cuando me felicitaron  por mi santo laboral, una sonrisa me nació de dentro, una sonrisa silenciosa y tenue pero también sincera y profunda y me sentí orgullosa, por primera vez en mucho tiempo de ser enfermera.

Después me he permitido recordar como el otro día empecé a fantasear espontáneamente como revertiría un paro cardiaco y si cogería la vía por aquí o por allá y como me sentí emocionada y nerviosa a la vez al imaginarlo.

Hace un tiempo, en relación al suicidio de Verónica Forqué, leí en un articulo la siguiente reflexión : “vivimos en una sociedad caníbal, necesitada de canalizar sus frustraciones, ansiosa de despellejar a alguien a diario, con una ausencia de escrúpulos preocupante. Y así es, y no hay modo de cambiarlo ¿vamos a seguir teniendo la necesidad de buscar  diariamente culpables de lo que nos pasa?”

Qué gran verdad siento en esas palabras, estoy totalmente de acuerdo con el concepto de sociedad caníbal, que además me encanta porqué lo veo super gráfico y también me cuestiono, cómo hace el autor, Évole, sobre si vamos a estar siempre necesitando buscar culpables de todo lo que nos pase.

El 99% de mis motivos para coger la baja, según creía en ese momento, era lo mal que se estaba portando la sociedad con los sanitarios (y lo sigo afirmando en según qué circunstancias)

Pero después de 9 meses sin trabajar y replanteándome mi futuro durante cada segundo del día y de la noche, puedo decir con total seguridad que este tiempo me ha enseñado que: 1º-  también hay muchas otras personas buenas por las que vale la pena sonreir y esforzarme y 2º-  que no debo juzgar ni intentar cambiar a los otros, eso no está en mi poder porqué lo que hagan ellos con su vida y con su actitudes es cosa de ellos pero lo que sí puedo elegir es el modo en cómo yo encaro mi vida y cómo interactúo con esas personas.

Y ya lo decía Sócrates que el secreto del cambio es enfocar toda tu energía , no en la lucha contra lo viejo, sino en la construcción de lo nuevo, por tanto, he aprendido que juzgar a una persona no define quien es ella, define quien eres tu y cuando tú te dedicas no a regodearte en la destrucción existente sino en la construcción de todo lo que puedes mejorar te sientes bien y comienzas a ver como todo lo que te rodea también mejora. Como muestra os pondré una preocupación banal, no laboral pero muy mía y muy arraigada a mi. Llamé a mi amiga Laura que vive en Leioa para felicitarla por su santo y charlando, ella que me conoce, me preguntó como iba con mi peso. Y le contesté, pués Laura estoy como una albóndiga, pero la verdad es que estoy guapa y me siento bien. Por la noche mientras lo acostaba, se lo mencioné a mi hijo y le dije, para ti mejor croqueta, que ya se que las albóndigas no te gustan y me contestó: - Sí mama, eres una croqueta, pero una croqueta no de pollo, eres una croqueta rellena de amor.

No os imagináis la paz interior que me generó a mi el poderme aceptar estando no flaca (por no decir gorda que sinó mi psicóloga dice que me maltrato a mi misma verbalmente) y sentirme más bien que mal. 


Por eso, me pregunto si tal vez mi vocación, al igual que todas mis demás pajarracas, sólo necesitaba un descanso, un reseteo. No asentarse en lo malo sino construir lo bueno.

Quizás mi alma necesitaba hacer las paces con el mundo y yo misma obviamente, necesitaba aprender a gestionarme emocionalmente de un modo distinto.

Desde esta nueva perspectiva me siento un poco avergonzada de mis decisiones absolutistas, aquellas en las que me rasgo las vestiduras y afirmo tajantemente que no quiero más de esto o de aquello y que nunca más quiero sentirme esclava de eso o lo de más allá. Y se me llena la boca con términos extremistas como “nunca o siempre”, aunque eso no me resulte nuevo porque ya sabéis que siempre he sido de extremos. ¿Y veis? la palabra “siempre”. Ya lo hice de nuevo. :)

A mi favor voy a declarar que yo como ser, esencialmente pasional, llevo en mi ADN ese modo de verbalizar y por ende, decido del mismo modo también.


Por otro lado, mi última visita con Francina, mi psicóloga fue especialmente reveladora. Me contó que una de las máximas de la psicología según Carl Jung dice : “ lo que aceptas se transforma , lo que reprimes se refuerza” y yo, super orgullosa de mi misma le digo que ya aprendí a aceptarme y que justamente el “Samsara” que llevo tatuado significa aceptar mis sombras, mi parte oscura, que obviamente es contra la que lucho cada día para que desaparezca (y me autoadjudico un mini punto por ser una alumna tan aplicada),...y he ahí la gran revelación.

No,Cristina, bonita, el problema es que estás asumiendo que todas esas partes oscuras tuyas son malas y deben ser reprimidas y por tanto, todavía las estás reforzando más y más. Es decir el negro, como metafora, es un color igual de digno, puro y bueno como lo puede ser el amarillo. Nada de partes oscuras turbulentas ni ocho cuartos, son partes de mi misma y como tal debo aprender a abrazarlas y sólo de ese modo podré florecer como mi verdadero ser. Sinó voy siempre como coja, en plan mi parte derecha la uso porqué es bonita y bien, mi parte izquierda es más turbia por lo que no la puedo usar y voy funcionando por la vida como una hemipléjica mental crónica.

¿Y es que os habéis fijado alguna vez que de cosas aparentemente más feas o sin tanta pureza, salen cosas bonitas? No sé, las llamadas malas hierbas como la podagraria o la hierba gallinera por ejemplo, me consta que tienen flores preciosas si las dejas florecer. 

Algo así como un error convertido en acierto (y lo que me gusta a mi este concepto). Hablando de este tema mi hijo Jon me dió hace un tiempo una gran lección de vida (como tantas otras que cada día me dan mis hijos); Estábamos en Cuenca, lugar de nacimiento de mi padre, paseando por el puente de San Pablo que está repleto de candados cerrados a modo de ofrenda ceremoniosa. Jon me preguntó qué pasaría si cogieramos uno y yo le dije que no, que aquello eran ofrendas de alguien y no se debían tocar y como siempre para añadir un poco más de emoción a la história proseguí : - ¿Te imaginas que en estos candados están encerradas las almas de personas malas y al abrirlo las liberamos? ; a lo que él me contestó : ¿o te imaginas que lo que hay són almas buenas y liberándolas las estamos ayudando? Y me encantó que la perspectiva desde la que ve la vida, sea desde la bondad. Me decidí entonces a investigar sobre el significado del bien y el mal en relación a la esencia del ser humano y encontré una definición que me motivó : ¿qué es bueno y malo en la naturaleza humana ? La solución establece que lo bueno será lo congruente con esa naturaleza y lo malo, lo incongruente. Qué simple en el fondo…lo bueno va a ser cualquier cosa que sea coherente conmigo misma y punto.

Sé que tiendo a pensar en exceso y a menudo mis disertaciones se convierten en una tormenta de ideas sin ninguna línea argumental lógica aparente, pero de estas disertaciones suelo sacar yo después resoluciones que a mi me sirven y en estos días he concluido 2 importantes estudios : el de la zanahoria y el de nadar con gafas.

Empecemos por la zanahoria: 

¿Vosotros por donde empezáis a comer la zanahoria? Yo por la parte fina. Y me di cuenta que cuando llegaba a la parte más gruesa del final, no me parecía tan dulce el sabor y como a mi me gusta dejarme lo bueno para el final, pensé en empezar a comerla por la parte gruesa para que me quedará como último sabor, la dulzura de la parte fina.

Mi sorpresa fue que al primer mordisco noté el sabor dulce y al último volví a no sentirlo a pesar de haberle dado la vuelta. Ayer, antes de publicar la columna se lo conté a mi cuadrilla de amigos y hubo risas para todo, desde el doble sentido de comerse la zanahoria (que no lo hay, lo juro) hasta nuevas aportaciones que, como mi amiga Belén, asegura que debo comerme primero la parte externa porque lo dulce está en el palito de enmedio.

¿Y que he podido yo sacar en claro de este experimento sin sentido? Pues que no es cuestión de cambiar de dirección, sinó es cuestión de bocados de novedad. La dulzura, los buenos sabores me los aporta la novedad y cuando algo lo tengo ya muy masticado pierde su sabor y como buena Sagitario, que se lleva bien con las rutinas pero jamás con la monotonía he aprendido que lo que necesito es meter bocados de novedad de vez en cuando en todo lo que haga a partir de ahora. Cuando confirme la versión de Belén, podré reafirmar también (porqué eso ya me lo imaginaba yo ;) que la dulzura, la belleza y la bondad se encuentran en el interior de las personas o cosas y que la fachada miente a menudo y no debemos tenerla tan en cuenta.

El segundo estudio me sirvió para medir la distancia de confort, es decir, a mi la inmensidad me aturulla. Cuando me puse unas gafas de bucear por primera vez y metí la cabeza en medio del mar me sobrevino una explosión de grandeza bajo mis ojos que me desbordó. La imagen era preciosa, fue en Menorca, aguas cristalinas, peces, una profundidad infinita, hasta pude ver buceadores debajo de mi. Precioso pero demasiado exuberante, sentí algo así como una agorafobia submarina. En la piscina, aunque parezca mentira, me pasa algo similar. Hoy he bajado a nadar, lo hago con la máscara tipo escafandra del Decathlon, y si miro todo el tiempo hacia el otro borde de la piscina donde tengo que llegar, me aturulla la grandeza, veo hasta como unos pequeños remolinos en el suelo en lo más profundo y me crea cierta ansiedad.

En la décima y última piscina (lo sé soy un poco lenta de reacción) he decidido mirar justo debajo de mi casi intentando centrarme en mi propia sombra en lugar de hacia adelante y la sensación ha sido muchísimo más placentera y totalmente distinta.

¿Qué he aprendido de esta clase magistral de perspectiva? Pues que no necesito mirar tan palante hacia el futuro, que no necesito tanto saber hacía donde voy, que puedo centrarme en mi futuro inmediato o todavía mejor, en mi presente. En la sombra que reflejo hoy, que la de mañana tal vez sea diferente.


Asi que...ahi voy yo, a sentirme bondadosa en todo mi ser, a dejarme florecer, a no avanzarme y a darme bocados de novedad y después de tanta introspección, autoanálisis y libros de gestión emocional, de intentar medir los niveles óptimos de todas las hormonas de mi cuerpo porque señores, yo la teoría me la sé de memoria, el estrés y los nervios generan cortisol, la gratitud, los abrazos y la generosidad generan oxitocina. Y en medio de tanta teoría y tantos valores de más y niveles de menos decido dejarme llevar y aplicar el Chill de Laia, sencillamente dejar mecer mi barca y que la marea me lleve un poco donde quiera. Y así empecé a hacerlo ayer literalmente,bajé a chapotear a la piscina y me puse a hacer el muerto, dejándome flotar. I cerré los ojos y me abandoné y los abrí después de unos minutos porqué sentí algo en mi mano,la brisa había posado una flor preciosa y brillante en ella y en ese momento me sentí como la Ofelia de Millais y sinceramente, dejando aparte que en ese cuadro está representada en su lecho de muerte, la escena me resultó de lo más poética.

Ya para terminar este relato de experimentos sin sentido os contaré que mi amigo Enrique, me dijo hace poco que mi mente es demasiado inquieta para vivir en una ciudad pequeña. Tremendo piropazo, me encantó esa definición sobre mí, la verdad. ¿Y sabéis qué? Qué tiene razón, que ya no estoy en edad de quedarme con las ganas y que hace tiempo leí que siempre debes intentar volver al lugar donde te sentiste más viva.

Ese lugar, amigos, es la vida entera. De ella voy a seguir mordisqueando todo aquello que siempre fui y nunca dejé, voy a hincar el diente a todo aquello que me queda por descubrir y voy a saborear sin duda, eso que por circunstancias dejé de querer durante un rato pero que por suerte, pude reencontrar su dulzura a tiempo.

Hoy estoy muy contenta, hoy vuelvo a trabajar, con mi equipo, mis jefes y mis pacientes. Por fin, vuelvo a casa.



jueves, 3 de marzo de 2022

Ikigai

 Hace unos meses fui a constelar, es decir, hice una sesión de constelaciones familiares. Era mi primera vez y me apetecía mucho (ahora llevo ya 3 sesiones y me apetece todavía más) Para los que no estéis metidos en esta materia, constelar como yo lo entiendo,  es una técnica terapéutica para desbloquear traumas heredados.

Bien, cuando se lo intenté explicar a mis hijos, lo banalicé en cierto modo y lo simplifiqué diciendo que iba a intentar que me arreglaran el cerebro, a lo que mi hija de 9 años respondió : - ¿Por qué iban a tener que arreglarte el cerebro, es que lo tienes cuadrado y no no redondo como todo el mundo?


Tanta sabiduría en un cuerpecillo tan pequeño…, me alucino yo misma de la cantidad de cosas que aprendo de mis niños cada día, así que tiré del hilo que había empezado mi hija.

¿Por qué vivo con la sensación constante de que necesito ser arreglada? ¿Por qué me siento siempre como una muñeca rota a la que le hace falta renovar sus piezas? Y es que desde que me levanto hasta que me acuesto, incluso mientras duermo diría yo, vivo maquinando el modo de instalar un software más adecuado a mi según yo, desactualizado sistema.

Que contenga más prestaciones, más seguridad para responder a las amenazas externas, mejor tarjeta de memoria, mejores gráficos, etc. Y no sabéis lo agotador que es sentir a todas horas que mi actual versión ya no sirve.

Hasta cierto día en el que por deseo del azar (o no) me tocó encontrarme con un señor muy maleducado y furioso que entró en mi trabajo por la puerta de atrás estando todavía el centro cerrado. La situación no pasó de una increpación verbal hacía mi persona, un sentimiento de acorralamiento contra una pared y un sacar mi conocido carácter de macarra barriobajera para echarlo a la calle de la manera más educada posible mientras enseguida acudía un compañero mío a ayudarme.

¿Sinceramente? una más de tantas y tantas que nos comemos los sanitarios cada día. Y no voy a entrar si con razón o sin ella, si con causa justificada en un 100% ,en un 50 o en un cero. No quiero plantearme si este odio y culpabilización de todo lo mal que funciona nuestro sistema que está recayendo en mi colectivo precisamente, por aquellos que tanto nos aplaudían cada noche a las 20h es lícito o no. El tema es que desde el fin de la primera o segunda ola de esta puta pandemia covid siento que no cabe en mí tanta decepción, pena y desvocación absoluta. Y no me asustaron los cambios de protocolo cada 4 horas, ni las duras jornadas vestidos de astronautas desinfectandonos unos a otros con sprays de lejía que penetraba a través de los trajes, las marcas en la cara por las mascarillas, las pantallas y protecciones, el ir a visitar a sus casas a todos los pacientes que requerían de atención urgente o curas diarias ineludibles, el sudor que nos caía a chorretones sin poder beber agua para no romper la barrera de protección, ni la incertidumbre, ni el miedo a lo que pudiera pasarnos a nosotros o nuestros familiares, no me importó el volver a casa cada día y dormir aislada de mis hijos y mi marido e interactuar de lejos y con mascarilla, no me amedrentaron las decenas de muertes de pacientes muy conocidos y los pocos recursos de un sistema sanitario que estaba colapsado; por qué allí estábamos nosotros para lo que hiciera falta y buenamente pudiéramos ofrecer porque ese es nuestro trabajo y nos pagan para esto por qué es lo que elegimos por decisión propia en su día, ni más ni menos. No somos ni fuimos héroes, tan solo seguimos haciendo nuestro trabajo;  y no entiendo como se nos acusa en ciertos ámbitos de estar con la puerta cerrada desatendiendo a los pacientes siendo que mi equipo desde el momento uno nos lanzamos a la calle a realizar jornadas maratonianas para dar atención en sus casas a todos los que antes acudían al centro para así pudieran mantener su confinamiento sin que sus necesidades de curas se vieran alteradas. A mi lo que me ha devastado el alma es este doctor Jekyll y Mister Hyde que he vivido de muchos conciudadanos, no con el sistema de salud, que obviamente no funciona sino con los que estamos desde el principio en primera línea para intentar ayudar. No nos merecemos esto. Nadie se merece ir a su puesto de trabajo cada día con miedo por las agresiones verbales y físicas a las que se va a tener que enfrentar por una situación que no está en nuestra mano porqué somos peones igual que todos. Movilicemos masas, manifestemonos, hagamos lo que se nos pueda ocurrir para reclamar un sistema que solvente nuestras necesidades como dignatarios de una atención sanitaria de calidad, pero por el amor de Dios, a los de arriba de todo, a los mandatarios del país, no a los que estamos trabajando con la mejor voluntad y del mejor modo que podemos o nos dejan.

Yo estaba segura que la pandemia nos convertiría en personas mejores, yo veía los balcones con arco iris pintados y la gente aplaudiendo y me sentía abrumada , como cuando en las películas se organizan todos a una para la batalla y unos cosen redes, los otros afilan lanzas, aquellos preparan alimentos y estos construyen trincheras. Así me sentía yo y que engañada estaba. A mi, personalmente, la pandemia me hizo recapacitar muchísimo. Entiendo que cada uno la vivió a su modo, y yo que la viví (después de la jornada diaria de trabajo) en la protección de mi hogar con todos los miembros de la familia a salvo y con nuestros sueldos asegurados, esa desgracia mundial de muerte y destrucción masiva a mí me generó un punto de inflexión que no había conseguido descifrar hasta ahora pasados ya 2 años.

Lo que empezó con un bienestar físico por haber frenado la actividad fuera de horario laboral, sin extraescolares, sin eventos sociales y todo lo que se genera en nuestra cotidianidad, fue precedido por una gran sensación de calma emocional. Era como si mi cerebro se hubiera ralentizado también, no debía preocuparme por nada más que por lo básico.Entiendo que muchas personas han vivido, desgraciadamente, una pandemia muy diferente con muchas preocupaciones tal vez de salud, con pérdidas de familiares o amigos, con problemas económicos y laborales. No fue mi caso y por eso pude concentrarme en esa sensación de bienestar que os cuento. 

Fue pasando el tiempo y volvimos a nuestra cotidianidad post confinamiento y así iba tirando yo en las circunstancias de sociedad modo Mr. Hyde hasta ese día en mi trabajo cuando me interpeló ese señor que os explicaba al principio.

Y ya no pude más. En ese momento me dieron la baja laboral porqué sufrí una especie de crisis de ansiedad después de haberme zafado de aquel señor.

Y aquí me encuentro, metida de lleno en una introspección profunda ayudada por Francina, mi psicóloga y Laura, mi consteladora como nuevos agentes externos y por mis familiares, amigos, mis compañeros de trabajo y mi jefatura que han estado apoyándome en todo desde el minuto cero.Sin olvidar las que yo llamo pastillas de la felicidad que son unos antidepresivos prescritos por mi médico que a pesar de mi reticencia inicial han resultado ser un apoyo magnífico.

El resultado de esta disertación emocional ha tenido una conclusión muy clara y muy sencilla: 

Llevo años intentando ser alguien que no soy y me he cansado. Y ya está. 

No soy valiente, tengo mil miedos, me aturullo rápidamente, me ofendo aún más rápido, no me gusta el deporte ni comer sano, no me sé las tablas de multiplicar y sumo con los dedos,me abandono fácilmente al vicio de ir todo el dia en pijama, no soy simpática por naturaleza y disfruto muchísimo estando yo sola con mi mundo interior, sea para bien o para mal, me siento muy intimidada por las mujeres muy guapas o interesantes y me fastidia un montón que además sean bonitas también por dentro.

Mi vida se había convertido en un tira y afloja de odio y aceptación hacía mi misma que era  siempre más de  tira que de afloja. Y en mitad de todo esto de repente empecé a visualizarme con una luz azul que me iba subiendo desde los pies y la sentía ya por los tobillos camino a los gemelos y llegando a las rodillas. Y me dejé invadir por ella.

Y empecé a quererme, retomé la lectura y leí libros que tenía aparcados desde hacía años, recuperé libros que me habían regalado y había despreciado por no sentir que iban conmigo e incluso sentirlos malintencionados.Me permití verme con nuevos ojos y quitarme las cadenas que me ataban a la dieta crónica, al verme fatal, al pensar que pierdo valor como persona por el simple hecho de estar gorda, a sentir que no merezco ser feliz o deseada por no tener un cuerpo de revista y descubrí el concepto del positivismo corporal y lo abracé en todo su esplendor.

Aprendí que en las relaciones uno puede estar hablando en ruso y el otro en chino y en el fondo estar diciendo lo mismo y que el ritmo que realmente funciona es el propio de cada uno. En el momento en que he decidido ir a mi ritmo y no intentar acoplarme al ritmo de nadie ni intentar que otros se acoplen al mio,he conseguido sentirme en paz. Estoy disfrutando de tener mi mente ocupada tejiendo y haciendo croché, cosiendo y haciendo bolsos, dibujando, escribiendo, creando a mi antojo y dejando libre mi imaginación.

Estoy sintiendo que no hay casi nada que no pueda relativizarse y que nada vale una bronca o un sentimiento de tristeza, que para disfrutar del amor verdadero has de saber dejarlo libre y tengo sentimientos muy firmes sobre cómo quiero que sea mi vida a partir de ahora. No quiero sentirme esclavizada por nada y desgraciadamente he descubierto que 

me siento intranquila, insegura y angustiada un alto porcentaje del tiempo que dedico a mi profesión y no quiero sentirme así.

Contra mejor me siento conmigo misma más me doy cuenta que no quiero trabajar de enfermera asistencial y me surgen infinidad de ideas utópicas e irreales como montar un hogar para refugiados, vender cupcakes o macramé, montar una sociedad paralela en la que vibremos todos en la misma onda (lástima, no funcionó cuando lo intentaron nuestros predecesores setenteros y tampoco tengo fe en que funcionara ahora).

Y pasadas todas estas ideas no pragmáticas para la economía que necesito, por fin entiendo que tengo derecho a cambiar de trabajo, cosa que  a bote pronto me supone un problemón enorme porque es mi profesión desde hace 15 años y además me quedan otros veintitantos de vida laboral por delante.Y decido que a pesar de la gran cárcel logística en la que me encuentro laboralmente, tengo fe en la idea de que es lícito cambiar de ikigai tantas veces como yo quiera. Puesto que en  ningún sitio especifica que el ikigai deba ser estático y eterno, tal vez la clave sea que mi estabilidad reside en cambiar de ikigai cada cierto tiempo.

Y no me siento para nada en mitad de un duelo por pérdida de identidad profesional, ni me siento que haya perdido 15 años ni una carrera universitaria.Nada más lejos de la realidad. Me siento como que he terminado un capítulo de un libro de relatos cortos (o no tan cortos, que 15 años no son moco de pavo) y ahora iré a por el siguiente episodio.

No se como acabará este nuevo episodio y de hecho creo que aun no he terminado de pasar la página final del anterior porqué siento que todavía me queda dentro una importante vocación de enfermera asistencial que está volviendo a asomar la
cabecita a medida que va transcurriendo mi tiempo de recuperación, lo que sí sé es que de un tiempo a esta parte me siento bien, feliz y en calma, me quiero con mis lorzas de más y con mis esclavitudes de menos. Estoy contenta con el sendero por el que está transcurriendo mi vida y muy agradecida por todos mis compañeros de viaje que caminan junto a mi, así que  estoy convencida que la flecha de mi brújula, me dirija hacia donde me dirija, seguirá marcando el camino hacia la felicidad.


jueves, 31 de diciembre de 2020

Sombras

 

Mis hijos hacen deberes con todo el pelo caído sobre su frente, por más que se lo apartan a cada segundo, siguen con el pelo enmarañado encima de sus ojos. Todo mi afán es recogérselo y despejarles la visión. Igual que hacía mi abuela conmigo :

 - “Patarrona meva” me decía ¿com pots veure amb tots els cabells a la cara?-. Y yo ni me inmutaba, porque no me molestaba supongo, no como ahora que odio llevar el pelo en la cara. Hoy me encuentro en la misma situación pero en el rol contrario. Me pasa lo mismo con las pelis, antes siempre me posicionaba en el papel de la chica joven que llega a la vida de él con inesperada frescura. Ahora tiendo a ponerme en el papel de la madre y esposa, que para más inri, últimamente en todas las películas que vemos, está siempre fallecida. Por más que intento acoplarme al papel de la nueva amiguita del papá devoto y dulce, que llega a sus vidas para hacerles recuperar la ilusión y el sentimiento de familia, no hay modo. No consigo desvincularme de la figura de madre criando malvas, eso sí guapísima en la foto de familia (quisiera yo saber cuánto tardará la angelical nueva mamá en retirar esa foto del marco del salón, …:( ).

El tema es que para mi no es fácil aceptar el cambio de rol porque sigo sintiéndome la protagonista de mi historia. Es como si Jennifer Aniston pasara de ser la encantadora vecinita a ser la madre de la amiga de la protagonista pero con las mismas ganas de todo,como cuando yo era adolescente y veía desde mi ventana cómo hacían la fiesta de inauguración los participantes de los campos de trabajo en el extranjero, aquellos a los que tanto ansiaba ir y a los que nunca fui. Lo curioso del tema es que no fui por decisión propia, porque cuando me llegó el momento de poder ir, entonces ya no lo quería y ahora que quisiera ir, ya no es mi momento. Y así con muchas cosas, tanto que siempre he tenido la sensación de que el tiempo se me escapa de las manos,como si nunca fuera a llegar a anciana y es por eso que siempre tengo como la necesidad de vivir mucho de todo y además vivirlo deprisa. Y tanto que a veces parece que transmito esa inquietud a los que conviven conmigo sin darme cuenta que ellos van a ritmos radicalmente distintos. Un ejemplo de esto ha sucedido hoy mismo cuando mi hijo de 10 años me decía que no tenía claro a qué quería dedicarse laboralmente cuando fuera mayor. A él le he dicho que no tuviera prisa, que tenía todo el tiempo del mundo pero en mis adentros he pensado que ese todo el  tiempo del mundo en realidad se reducía a unos años, porqué siento que ciertas cosas, por más que diga la gente, si no las haces en su momento, ya no las haces. Ese tener toda la vida por delante se convierte en lo siento amiguita, ese tren ya pasó, en tu próxima vida si eso, lo reintentas. A raíz de darle vueltas a todo este tema, hace unos días retomé el diseño de mi próximo tattoo (que será la palabra en sánscrito “Samsara”) y caí en la cuenta de que hay ciertas cosas que rodean ese concepto que no acabo de tener claras.

Samsara, como yo lo entiendo, es el proceso de llegar a ser, pasar por diferentes estados, vagabundear. Es el ciclo del nacimiento, la vida, la muerte y el renacimiento pasando de cuerpo en cuerpo hasta llegar a limpiar todo el Karma que llevas acumulado existencia tras existencia. Una vez tu alma ha purgado (y permitidme decir que no me gusta para nada esta palabra) todas sus sombras, llega al Nirvana y por tanto se libera y no necesita reencarnarse más porque ya no hay Karma en ella sinó Dharma (o sea, luz) al 100%. 

Esta es mi particular visión del Samsara, tal vez no sea certera pero siempre que he leído sobre el tema he entendido el concepto de esta manera, así que tal vez podemos decir que es una explicación para dummies, pero como ya sabéis que a menudo me considero simplona, ya me está bien.

Tradicionalmente, parece ser que los budistas, ven este ciclo como un estado de sufrimiento del que hay que escapar porque el Samsara viene determinado por el deseo del alma a disfrutar, dejando aparte su parte divina y ciñéndose más a su parte terrenal.

Es ahí justamente donde quedé prendada de este concepto, por la disparatada y tal vez egoísta idea de ceñirme a mi parte más terrenal y siendo que en nuestro Yo tenemos luces y sombras,  en ese preciso momento decidí aceptar mis sombras y por tanto no luchar por salir de mi Samsara.

Es por eso que este próximo tatuaje resultará el polo opuesto del tatuaje anterior, la flecha de una brújula que me indica el camino a seguir. Así pues mientras mi brújula no me dejaría perder el norte, mi Samsara por el contrario me invitaria a ser una nómada errante. Mi YingYang personal e intransferible tuneado a mi modo.

Yo (seguramente como muchos) llevo  años luchando contra mis partes oscuras ,y para no dar lugar a elucubraciones demasiado fantásticas o malintencionadas aclararé que mis sombras no son más que ciertos miedos, muchas inseguridades, algún que otro pecado capital de más y alguna virtud de menos. Así entonces, mi planteamiento sobre la idea de vivir en Samsara radica en ¿qué es más inteligente luchar contra ellas o aceptarlas?

Por poner un ejemplo tonto pero entendedor, si a mi me costara mucho levantarme por las mañanas porque fuera muy dormilona (que no es mi caso) ¿debiera esforzarme cada día por levantarme a una hora adecuada siendo sin duda más infeliz para no llegar tarde o por el contrario debiera buscarme un trabajo de tarde para levantarme cuando me plazca sin prisas?

Yo creo que las complicaciones que se presentan en la vida, nos las hemos preparado nosotros mismos estando desencarnados como objetivos a superar o como autoaprendizaje, pero mi duda ahora es que no sé dónde radica el verdadero aprendizaje o objetivo de esa complicación, es decir, ante un miedo que te limita, un revés, un obstáculo que no consigues vencer, ¿el objetivo sería superarlo o aprender a aceptarlo?

¿Cuándo habría que plantearse desistir y contemplar la conformidad? ¿Cuántos intentos debemos procurar? porque aquello de intentarlo una y otra vez hasta que el miedo te tenga miedo… pega muy bien con el rollo motivador pero a veces ya cansa y no resulta ni pragmático ni real.

Diré más, si nos  obcecamos  en intentar hacer algo que no sale, ¿es perseverancia o es obsesión? Últimamente no consigo vislumbrar la frontera entre estos dos términos y por tanto no logro definir dónde acaba la buena cualidad conductual y donde empieza la mala.

Relativo a esto precisamente, y volviendo al cine (que tantos quebraderos de cabeza me trae a menudo en forma de disertaciones mentales) no soy ya capaz de encontrar un personaje (excluyendo Disney, y quizás tampoco ya) con rasgos 100% buenos o malos (lógico puesto que no sería verdadero). Ni mis idolatrados Jedi alcanzan ya dicho propósito. Si la peor maldad puede volverse bondad en un momento dado y si por el contrario todas las personas supuestamente buenas tenemos maldad en nuestro interior, acabamos abocados sin remedio a  todo aquello que contaba en otra columna sobre si somos vacas blancas con manchas negras o negras con manchas blancas, y es que yo creo que podría enamorarme tal vez del asesino de la peli o entender que el héroe, el padre o el bueno, hayan hecho algo de bajísimo nivel moral. Me parece absolutamente inquietante pensar que si me dan las circunstancias adecuadas yo misma podría matar a alguien (por eso cuando la policía le pregunta a ella si cree capaz a su marido de asesinar a alguien; yo no podría contestar un no rotundo sobre mi). Puedo contestar un NO absoluto a dar 11 puñaladas o a hacer sufrir a alguien deliberadamente pero a un momento de arrebato en según qué coyuntura, con el corazón en la mano y bajo el riesgo de que os cambiéis de acera cuando me veáis por la calle, no puedo asegurarlo.

Por todo esto y mucho más, cuando el otro día, inmersa en toda esta maraña de raciocinio,  decidí abrir el estuche de cartas adivinatorias (las mías basadas en la cultura de los indios nativos americanos) para hacerme una tirada no me defraudó el resultado. Fué una tirada rápida y sin seguir el protocolo completo, me gusta consultar a veces al modo acción reacción. Formulo una pregunta que siempre suele ser la misma en mi caso y cojo una o dos cartas al azar. Mi pregunta estrella es qué debo hacer para ser feliz y las cartas me respondieron con el “Tótem del Caballo” que significa deseo de libertad, de cambio frente a una situación sofocante y con la “Pipa Sagrada” que indica reflexión y cambio de comportamiento con alguien o algo. Decisión mental de hacer las paces, restablecer la relación de paz. 

Inmediatamente pensé que debía reinterpretar el modo de ver a alguien conocido, mi marido, mis padres, algún conocido a quien no veo con buenos ojos, me enfoqué en mi trabajo o en mi relación sentimental en busca de esa situación sofocante de la que me hablaba el tótem del caballo, indagué en mi interior buscando sinceridad ...no sé, no acababa de encontrar el objeto al que podían referirse las cartas, hasta el punto que decidí guardarlas  y continuar con mis tareas, Cris hoy no estás receptiva, pensé. Y en ese momento me vi reflejada en el espejo de mi habitación y lo entendí por fin. La persona sobre la que tenía que cambiar el modo de ver era yo misma. La situación sofocante me la estaba auto imponiendo por la extraña necesidad de superar todas esas anti virtudes que os comentaba antes, debes ser más flaca, más generosa, menos envidiosa, debes superar tu miedo a eso y a lo otro, debes ser más sociable, más simpática con la gente, debes aprender a hacer esto, debes mejorar en aquello, debes destacar en algo…

Y lo vi claro. Decidí hacer las paces conmigo misma y con esas sombras que tanto ansío eliminar de mi vida y entendí que lo único que verdaderamente tenía que eliminar eran precisamente esas ansias y así, sin lugar a dudas abrazar mi Samsara.




jueves, 23 de abril de 2020

El cuento de los zapatos viejos


N
o dejo de pensar en un par de zapatos preciosos que compré hace unos años y que llevé felizmente durante mucho tiempo. De repente hace unos meses se rompieron un poquito y me los dejé de poner, quizás hasta los veía ya pasados de moda y al final se han quedado desterrados en el zapatero para después de una temporada, acabar tirándolos.

Pero ¿y si  en lugar de tirarlos, hubiera puesto un poco de interés en repararlos? si a esos zapatos viejos les hubiera dado una capa de tinte de otro color vistoso, les hubiera cambiado los cordones o  les hubiera pulido las manchas del tacón ¿No creéis que hubiera podido seguir disfrutando de ellos?
Esta misma situación es justo lo que creo que pasa últimamente con las relaciones de pareja, que estamos entrando en una dinámica social en la que cuando algo se rompe o se envejece lo tiramos en lugar de intentar repararlo.

Cuando en una relación falla el entendimiento y la comunicación supongo que lo primero que pensamos es que ya nunca se podrá recuperar ese canal y vemos a mal todo lo que el otro hace hasta el punto que cuando uno dice buenos días, el otro contesta ¿Buenos días? Pues será para ti, porque blablablá, pero ¿y si consiguiéramos cambiar el punto de vista desde el que vemos las cosas? ¿Qué connotaciones diferentes pueden tener las palabras o los hechos para cada persona?
Os voy a poner un ejemplo que es tan tonto como clarificador. Para mí, vaca es un animal mamífero que da leche y la visualizo blanca con manchas negras. Si me llaman vaca, lo recibo como un insulto porque lo relaciono con gordura y para mí, la gordura en mi misma no es bonita.
Pero si les preguntas a mis hijos seguramente te contaran que vaca es un animal tierno y entrañable de color lila como la de Milka y que además es risueño y gracioso porque espanta moscas con el rabo, tolón, tolón.

Así, su percepción dista muchísimo de la mía, ¿no creéis? Si un adulto por tanto, me llama vaca seguramente querré escupirle en la cara pero si me lo llaman mis hijos les abrazaré y me pasearé por el salón a cuatro patas cantando el tolón, tolón y entonando “la vaquita Cristina que viene y va, un vasito de leche os traerá!”

¿Cómo puede ser que la misma palabra pueda generar dos situaciones completamente opuestas? Y ahí es adónde voy, a lo de garantizar que alguien me está diciendo lo que sea con ánimo de ofender o de hacer daño ¿Y si pudiera dar por sentado que cualquier persona en general (excepto 4 amargados de la vida que corren por el mundo) va con la intención de mis hijos al llamarme vaca y no con la intención con la que yo lo tomaría? ¿Y si presuponemos que las cosas no se dicen o se hacen con mala intención? Si así fuera, ¿tantos y tantos posibles malentendidos dejarían de serlo tal vez?
Al fin y al cabo no se puede pretender que todo el mundo se comunique o entone una frase o demuestre sus sentimientos de la misma manera en que uno lo hace y como he dicho en anteriores ocasiones, pienso que pasa lo mismo con el modo de amar individual y por tanto, que tampoco amen a la manera de uno no significa que no lo hagan con todo su ser.

Del mismo modo si alguien me cuenta que su modo de airearse y liberar su mente es metiéndose 2 rayas de cocaína, pues para mi será algo disonante (que no enjuiciado o censurado) en mi modo de vida pero si otra persona me dice que se libera saliendo a bailar, ordenando armarios o empezando un proyecto nuevo, ya lo sentiré más en mi onda vibratoria.

Y es que, Srta. Cristina usted no debe juzgar a la gente sólo porque pecan de una forma diferente a la suya. Y usted, que ya no es señorita sino señora, a sus años debiera saber que pecar pecamos todos y que no está el horno propio tan limpio como para juzgar los bollos ajenos.
Con todo esto quiero decir que ni para considerar el modo de amar, ni el modo de pecar, ni el tono de lo que decimos ninguno de nosotros estamos en disposición de tirar la primera piedra. Primero porque cada uno es libre de hacerlo como le plazca y segundo porque nunca tendremos todos los datos y rellenaremos los huecos inventando o suponiendo, por lo que mi auto consejo del día, incluso podría decir que de mi vida entera es: Por salud mental, CRIS, NO SUPONGAS.

Así que la semana pasada en un momento de reflexión sobre todo esto, empecé a darle vueltas a las relaciones de pareja, cómo es la mía, como me gustaría que fuera, etc.
En anteriores columnas he hablado sobre las parejas abiertas, el amor libre etc. pero en este momento quiero recapacitar sobre la otra cara de la moneda, la de quiero pasar el resto de mis sonrisas contigo, de arreglar, de pertenecer, de escuchar e intentar entender desde el corazón, de saber  de verdad, dónde está tu hogar y de construir juntos nuestro micro mundo.

No sé del todo que despertó ese sentimiento, creo que fue una mezcla de situaciones varias; primero vi una pareja de ancianitos que vinieron a mi consulta. Iban muy elegantes, muy pulidos y tenían una educación y un respeto mutuo y con el mundo absolutamente refinado y encantador. Se miraban entre ellos y se veía en cada arruga de su piel los mil caminos de una vida en común.
Emanaban amor y respeto por todos sus poros y aunque yo soy muy fan desde hace tiempo de este tipo de parejas de ancianos, ese día me encandiló especialmente ese sentimiento.
Añoré entonces este tipo de amor que para mí es a la antigua, de cortejar, de respetar, de bailes lentos mirándose a los ojos, de tener ante todo ganas de cuidar al otro, de sinceridad y complicidad, de ser tu ying y su yang, de saber que no hay otra aventura mejor que la de querer envejecer junto a esa persona.

Y en mitad de toda esta disertación aparece la pandemia y veo la realidad en primera fila y veo familias enteras separadas y destruidas, y  todo cobra sentido y a la vez nada lo cobra; me doy cuenta con renovada virulencia de la fugacidad de nuestra vida a la vez que del tiempo que tenemos y no aprovechamos y se me revuelve cuerpo y mente, y me vuelven viejas sensaciones de no querer perderme nuevas emociones y tampoco nada de lo que tengo por mi vida cotidiana, pero como os decía en la anterior columna, del covid19 y de lo que está significando para mí, supongo que hablaré en otra ocasión, cuando me surja, cuando consiga digerirlo y plasmarlo en papel; por lo que seguiré con  mi pareja de ancianitos enamorados y continuaré con una historia de la serie “Citas” que he retomado recientemente; Una pareja decide contratar a un hombre para hacer un trio. Todo bien, nuevo, sugerente y de ahí los acontecimientos que se generan entre ellos. Uno de esos acontecimientos fue la magnifica conversación que se  generó con Josu, mi marido: la pregunta clave que él propuso recaería en la dichosa manía que tenemos algunas personas (mayoritariamente mujeres según él) de plantearnos la idoneidad de esos zapatos de marras siendo que ni te rozan, ni te molestan. ¿Por qué entonces proyectar que pudieran no ser los adecuados?; el debate continuó con cuestiones de pareja del ámbito de si el motivo de meter a una tercera persona en la relación sería por morbo y hacer cosas nuevas ¿o podría ser porque esas parejas pudieran no bastarse  el uno con el otro que necesitarían introducir elementos externos desvirtuando en cierto modo la íntima complicidad de dos personas? El hecho de no amar como la otra persona necesita nos debería condicionar para intentar modificar en un pequeño o mediano porcentaje nuestro modo de expresar para asegurar que le llegue al otro? O ¿sería el otro que debe adaptarse a nuestro modo de exteriorizar lo que sentimos? No debería ser demasiado lumbreras para suponer que a mi modo de entender, ésta sería una transformación promovida desde ambas partes, ¿no? Aunque en nuestra charla surgiera también la opción de no necesitar enmendar ni el  modo propio de plasmar ni el de percibir así que en este tema, como siempre, seguimos quedando en tablas siendo incapaces de llegar a un consenso 100% satisfactorio como fin de conversación y, por otro lado, después de esto encadené con  la leyenda del hilo rojo del destino y todo aquello de ser el uno para el otro y de todos los años de convivencia, de historias, de mirarme y saber leer dentro de mi mente de un modo mágico, de luchas conjuntas, de superar trabas y de tirar para adelante en el mismo barco, de los que ya no están pero estuvieron y vimos partir juntos y de las dos perfectas personitas creadas desde la perspectiva de formar una familia que avance unida y me nacieron sólo ganas de construir y reconstruir y fue como un mensaje que le mandaba yo misma a mi idea del amor romántico, ese amor que se aleja de vez en cuando a vidas paralelas imaginarias pensando que tal vez allí podría ser más feliz o más libre, y era un mensaje desesperado a la par que silencioso y tranquilo que le decía : quédate, este es el camino: ya se nos ocurrirá algo.

Y ese algo es tan sencillo como expresa Murakami, cuando observamos al cabo de un tiempo o desde una perspectiva un poco diferente, algo que creíamos absurdamente esplendoroso y absoluto, algo por lo que renunciaríamos a todo para conseguirlo y de repente se vuelve sorprendentemente desvaído. Y entonces te preguntas que demonios veían tus ojos.
Y decidí entonces que cuando unos zapatos se rompen acontece muchísima diferencia entre “vamos a ver si funciona” y “vamos a hacer que funcione” y es solo cuestión de ganas muchas veces que pueda volver a funcionar. Yo no estoy en esta situación física real pero ya sabéis que mi cerebro está en continua efervescencia sobre estos temas y para mí, tomar esta decisión hipotética denota una dirección inequívoca sobre hacia dónde enfocar mis pasos mentales.

En algún lugar leí que si realmente quieres comprender a la persona que amas debes mirarla como si fuera la primera vez, sin el peso de la memoria pero estoy profundamente en desacuerdo con eso  y la clave está precisamente, en todo el peso de la memoria, esa memoria que sabe cómo se hizo cada herida o cada cicatriz y también cada sonrisa; situaciones que se convierten inequívocamente en capítulos de toda esa historia en común.

Sólo espero, para finalizar, poder seguir escribiendo páginas de este nuestro libro, a sabiendas que habrá tachones, esquinas dobladas, anotaciones en lápiz, párrafos subrayados y alguna que otra hoja arrugada o arrancada y es que así es como debe ser la vida para mí, con capítulos de todas las temáticas, como bien marca un buen libro de aventuras, pero (ansío y deseo) que el posible cuento de los zapatos viejos, tenga un final de cuento de hadas.


viernes, 3 de abril de 2020

Valkirias de milésima generación


Hoy me he metido en la ducha sólo para ducharme, es decir me he lavado el pelo y el cuerpo. Y ya está. No me he exfoliado el cuerpo, ni me he aplicado leche limpiadora en la cara, ni me he depilado. Tampoco me he fijado en qué champú he utilizado ni en si lleva parabenos o si es para pelo rizado o liso. Una simple y tradicional ducha.
Me he quitado el esmalte de uñas y no me las he vuelto a pintar. Me he desenredado el pelo y lo he dejado secar al aire, sin secadores, sin planchas.
Y oye me ha gustado.
Me he sentido libre y cómoda, como cuando hice el camino de Santiago y descubrí que no necesitaba ni la mitad de cosas que usaba diariamente en mi vida. Verifiqué que se puede ir por la vida en mallas, camiseta de pijama que no tapa el culo, calcetines gordos de nieve y chanclas de piscina. Vamos, un horror de estilismo y sentirse tan a gusto.
Sin artificios, sin preocuparme por el que dirán. Y mostrarme así frente a todo el mundo y darme absolutamente igual lo que piensen los demás.
Después he ido al osteópata por primera vez y me ha indicado que me ponga en la camilla con la mínima ropa posible sin que me sienta incomoda, y  me he quedado en ropa interior porque sinceramente no me he sentido incomoda en ningún momento por mostrar mis lorzas serranas. Básicamente porque me ha dado igual lo que pudiera pensar de ellas.
Y después, casualmente he iniciado un capitulo nuevo del libro que me estoy leyendo de Bel Olid, en el que se habla de los estereotipos y expectativas respecto a la belleza corporal y lo curioso (o no) del tema es que me he sentido muy identificada con todo lo que he leído.
De ahí he meditado un poco más sobre el tema y resulta que mi cuñado Emilio, por ejemplo, tiene canas y está fantástico y no se ha planteado teñirse en ningún momento;  en cambio yo no me he planteado la posibilidad de ir con canas por la vida. ¿Hay ahí una muestra clara e inequívoca de lo que en mi grupo de amigos llaman Injusta naturaleza de las mujeres? Y hasta hoy creía que no era tanto por presión social sino por auto presión mía, pero después de releer el capítulo que os comentaba ya no estoy tan segura; es decir la presión es mía pero ¿de donde se ha originado la idea de que para ser aceptable corporalmente tengo que ir depilada, sin canas etc.? ¿Quién ha decidido que un hombre con canas gana en atractivo y seguridad pero una mujer con pelos en las piernas o en las axilas pierde encanto?
El tema es que a épocas estoy siendo feliz saliendo de casa con la melena al viento sin secarme el pelo, sin gota de maquillaje, sin teñirme y poco más, pero no os penséis que voy por la vida como un oso pardo, que cumplo los mínimos de salubridad, y ahí precisamente es donde radica mi problema, que mis mínimos, como soy una histérica de la perfección son como los máximos de otras personas. El tema es que yendo así a lo seminatural por la vida me siento  igual que Mérida, de la película Brave cuando sale al ritmo de correré, volaré….y sale a cabalgar y trepa por la montaña  y se siente feliz y después además ni lo publico en Facebook, ni en instagram, ni en mi estado de wasup, ni en stories, ni me hago un snapchat porqué además he eliminado mis cuentas de todas esas redes sociales. Y tal vez esté haciendo una demagogia barata porque lo que si hago es publicar esto en este blog; pero como suelo decir, eso ya lo hablaremos en otra columna distinta porqué quiero volver al tema que me ocupa hoy que es el de mis necesidades de figuración corporal.

Y es que a mi Mérida me encanta, y aun me gusta muchísimo más Lagertha, pero es que la que me gusta es la Lagertha de la serie Vikingos, que seguramente dista muchísimo de la verdadera.
Así que no vengan a contarnos a nosotras historias de ciencia ficción porque seguro que nuestra guerrera vikinga no iba depilada y con esas trenzas fantásticas en su cabellera dorada sin canas, porque después de salpicar sangre y barro durante una batalla, quién va a creerse que pueda desenredarse  el  pelo  si  yo un día me lo ato en un moño y me quedo dormida en el sofá media hora y para desenredarlo necesito a un cirujano de la NASA.  ¿Queremos ser entonces la Lagherza verdadera o la que nos ha mostrado la industria del cine? Es un poco todo junto como en aquel capítulo del Príncipe de Bel Air cuando sale con una chica y al llegar a casa ella empieza a quitarse las pestañas postizas, las lentillas, el postizo del pelo, los tacones, el push up del culo, el wonderbra, la faja….madre mía, está clarísimo que lo que ha enamorado al chico ha sido su belleza natural, sin duda.
A modo de conclusión entonces, pienso en mis opciones:  uno, o algo ha pasado en mi línea sucesoria de reencarnación desde que yo pudiera haber sido una Valkiria en alguna vida anterior, como me gusta fantasear…;)  y mi naturaleza valiente, pasional y guerrera de entonces iba de la mano con un cuerpo acorde sin pelos, sin canas, sin arrugas, con push up incorporado en todos mis músculos o dos,  es que mi progreso a través de las vidas está involucionando o tres, es que quizás la pura  realidad de mi belleza es la que es y veo cada día en el espejo sin más.
Y unos de los quid de la cuestión sería… ¿lo veo yo o como decía Olid nos la hacen ver? Seguramente ayudó a decantar la balanza hacia el lado de Olid cuando una vez busqué “estilo boho chic mujer 40 años” en pinterest y me sugería fotos de mujeres que para mí eran de 50 para arriba y en cambio si escribía en el buscador “estilo boho chic mujer 39 años”  me ofrecían fotos de chicas monísimas en la flor de la vida. ¿De verdad un año marca esa diferencia? Buscadlo, sólo por probar. Alucinareis.
Y en todo esta disertación mental de rebeldía frente a la auto y hetero opresión por unos cánones de belleza impuestos, yo, hoy que había salido a la calle decidida a no teñirme más porque me pica la cabeza cuando lo hago y muchos otros blablablás, yo, que al salir del trabajo para ir a casa ,he cruzado por mitad de la calzada y he caminado por el mercadillo semanal entre los puestos de fruta y verduras, yo, que iba caminando al ritmo de Cheerleader versionada por Pentatonix y  pensando qué bella es la vida y qué sencilla si decido caminar con mi melena al viento, mi cara lavada y con algún pelo que otro en mis piernas, yo que había reencontrado a mi Valkiria perdida, me miro de reojo en un escaparate ,me paro tan en seco que  hasta se me desafina la canción y me veo súper desfavorecida y poco menos que como una zarrapastrosa y decido que no va conmigo lo de despreocuparme por mi  aspecto físico.
Y al llegar a casa, en un intento de desempate,  le pregunto a mi marido, cariño, ¿hoy me ves mala cara? A lo que me responde, no, ¿por qué? Te veo igual que siempre.
Así que sin más ni menos, decido olvidar este tema por qué no me llegan las ganas para clarificar esta tontería de debate y decido hacer caso a este fragmento que encontré hace un tiempo en mi recién odiado Facebook…
Qué guapa estas cuando no te das por vencida. Cuando te quitas los miedos y te dejas llevar. Qué guapa estas cuando dejas atrás lo que pasó, para centrarte en lo que está pasando. Cuando te haces valer y no dejas que te quieran menos de lo que mereces. Qué guapa estas cuando sueñas y sales ahí fuera a cumplir tus sueños. Cuando sabes que no existe nada imposible. Qué guapa estas cuando eres fuerte. Cuando te levantas después de cada caída, cuando cambias de piedra porque esa ya está harta de ti y tú de ella. Qué guapa estas cuando aprendes, cuando sabes lo que vales, lo que mereces. Y cuando me quieres también estas guapa. Pero es que cuando te quieres a ti, estas que lo flipas.
Y curiosamente no habla ni de canas, ni pelos, ni de gordura, ni de nada relacionado con el aspecto físico y ese es el verdadero concepto que quiero inculcar a mis hijos…… y de repente, cuando sólo me falta el titulo para publicar la columna, aparece un virus muy  maligno y la gente empieza a enfermar y a morirse, nos confinan y se reorganiza toda nuestro estilo de vida y todas nuestras prioridades. Y en una milésima de segundo entiendo que ahora no importa nada más que sobrevivir y ayudar  al máximo de personas a que también puedan hacerlo.
No sé cómo va a influir toda esta pandemia en mi modo de ver las cosas, no sé si me reencontraré o me perderá más, si aprenderé algo, mucho o nada y ni siquiera sé si volveremos a ser las mismas personas internamente. Del covid19 supongo que hablaré largo y tendido en otra ocasión, por el momento quiero cerrar esta columna y he decidido cerrarla con la misma conclusión que escribí antes del inicio de esta pandemia, así que ahí va…
No te detengas hasta que te sientas orgullosa de ti misma, sea eligiendo el físico de una top model o el de una desaliñada. Sea como sea, haz que el espejo te devuelva la imagen que tú quieres y siéntete la Valkiria que en realidad, sin duda eres.