martes, 17 de octubre de 2023

Regamos?


V
oy tomar el camino equivocado

Voy a salirme de la trayectoria

Voy a meterme en líos, jugar con fuego

Incumplir las normas…

Son los versos de la canción que he escuchado hoy al abrir Spotify al ir a trabajar, que no sería nada especial porque la he escuchado mil veces antes de hoy.

Lo que quizás no sabéis es que yo pongo mi lista de reproducción en modo aleatorio y siento que la primera canción que sale lo hace para darme algún mensaje del que debo sacar algún aprendizaje.

Ayer me salió Asilo de Jorge Drexler con su quiero que te desnudes como si fuera algo corriente, como si verte desnuda, no me aturdiera tan sistemáticamente… ; que me deja sin palabras, tremenda, inmensa, inigualable.

Hoy mira tú por donde me ha salido esta que habla de saltarse las normas. Y es que casualmente ayer decidí cumplir una norma laboral en tema de vestuario que no cumplía.

No se puede llevar el uniforme de trabajo a casa para lavarlo,es ilegal. Como a mi me gusta llevar un uniforme azul o verde en lugar del típico blanco pues debía llevarmelo porque si lo mando a lavandería del centro, al no ser el estándar, no vuelve.

Y el otro día pensé, oye mira, voy a hacerlo fácil. Qué se ha de llevar uniforme blanco pues se lleva; qué se tiene que lavar en la lavandería del centro pues se lava. Y así sin más, todos más tranquilos.

Parece mentira pero el asumir que voy a cumplir esta norma tan tonta, no sabéis la tranquilidad que me aporta. Hablando con mi jefe le contaba que a mi en realidad me gusta mucho cumplir las normas porqué siento que estoy haciendo bien mis obligaciones y me ayuda además a no descarriarme; También me eximen de pensar un poco y de tener que tomar ciertas decisiones y a mi eso, me resta un porcentaje de ansiedad.

Pero, si os soy completamente sincera (y sabéis que en mis escritos, lo soy) el trabajo es uno de los pocos sitios en el que cumplo 100% las normas.

Fuera de allí soy tan flexible conmigo misma y tan poco estricta que reescribo mi propio cuento a mi modo las veces que me plazca. Un poco así como diría Groucho Marx “estos son mis principios; si no le gustan tengo otros” pero cambiandolos a placer cuando a la que no le gustan es a mi misma.

Si además llegan a mis oídos historias de muertes inesperadas, accidentes, enfermedades y desavenencias varias de la vida, todavía me reafirmo más en esa flexibilidad y mis emociones adquieren un slogan de “ todo sí”, de no convertirme en una de esas personas que fallecen a los 80 pero que llevan muertos desde los 30. Así que tengo claro que hay que ser feliz, ser agradecida y vivir con alegría el máximo de momentos posibles, como hoy, que precisamente he ido a curar a una señora a su casa que tiene una neoplasia muy avanzada que le ha ocasionado unas heridas verdaderamente feas. Tendriais que ver la buena actitud que tiene frente a la (poca) vida que le queda. Es impresionante y como tal, se lo he dicho. La he felicitado por esa energía tan fantástica que desprende que te da una lección de esas que a mi me hacen tanta falta. Y su respuesta ha sido: - “no importa, ponte a malas con las cosas si te surge; las tendrás que hacer igual y encima estarás de mal humor”. Y he pensado cuánta razón en esas palabras y me he entretenido un buen rato en reflexionar sobre ello: 

Me gusta cuidar a mis pacientes. En anteriores columnas he verbalizado que no quería ser ya enfermera, que estaba desilusionada y decepcionada con ciertas actitudes de la gente pero desde que volví al ruedo hace ya más de un año, ciertamente me siento muy a gusto y agradecida por las constantes muestras de cariño que recibo de ellos cada día.

Y tal vez sea porqué como leí hace poco: “ los últimos cincuenta años nos centramos menos en el yo y más en el nosotros. Menos en el egoísmo y más en servir a los demás. Dejamos de añadir cosas nuevas a nuestras vidas y empezamos a quitar y a simplificar. Aprendemos a saborear la belleza sencilla, nos sentimos agradecidos por los pequeños milagros, apreciamos el valor inapreciable de la paz mental, pasamos más tiempo cultivando las conexiones humanas y llegamos a entender que quien gana es el que más da. Y lo que queda de tu vida entonces se convierte en la sola dedicación a amar la vida como tal, y tu única ocupación es ser amable con los demás. Y esto tiene el potencial de convertirse en tu puerta de entrada a la inmortalidad “.

Y es que precisamente he comprobado en mis carnes lo bien que resulta cuando eres amable y destilas ganas de ayudar y cuidar. Precisamente ahí es donde veo lo necesario que es no centrarse en la actitud del otro; es decir, el otro viene a malas, tú a buenas; el otro viene con ganas de bronca, tú sigue a buenas; el otro viene con malas palabras, tú a más buenas aún. Y aunque me suena todo eso a poner la otra mejilla cuando yo precisamente no soy de esas, veo claramente que si intento que el otro cambie de actitud no lo consigo nunca, en cambio si yo sigo en mi línea de intentar dar bondad, todo revierte a bien por su propio peso.

A colación de eso hay un cuento oriental que habla de un maestro en artes marciales que instruía a diversos alumnos. Uno de ellos no conseguía ser mejor que el resto y se quejaba al maestro sobre cuán mejores eran los demás con respecto a él y qué podía hacer para superarlos.

El maestro dibujó una línea en el suelo. Acércate, le dijo al alumno desaventajado, y haz que esta línea sea más corta.

El alumno lo intentó todo, cortarla en trocitos, enroscarla y mil cosas que se le ocurrieron, pero la longitud total siempre era la misma.

El maestro finalmente se acercó y dibujó otra línea más larga al lado. No puedes hacer nada para cambiar la longitud de esa línea, pero sí puedes cambiar la longitud de la tuya propia.

Con esto quiero decir que muchas veces nos enfocamos en querer modificar a las personas de nuestro alrededor pero en el fondo sólo debería incumbirnos nuestra propia modificación.

El sábado pasado estando en el pueblo, pillamos en una mentira a mi hijo de 13 años. La primera gorda, nada demasiado importante pero mentira al fin y al cabo. Cuando volvió a casa, no le echamos bronca ni le hablamos enfadados. Con tranquilidad y buen tono, le expusimos la situación. -” es que, mama, si te lo hubiera dicho, no me habrías dejado”, decía él. A lo que yo le contesté que su padre y yo siempre intentaremos que pueda hacer las cosas que nos pide, con las modificaciones y las prevenciones necesarias acordes a su edad, pero con la voluntad de que  pueda realizar el plan que nos pide. Sin no’s gratuitos, siguiendo la dinámica que os comentaba antes de “todo sí” pero con cabeza. Le expliqué lo mucho que nos importaba su seguridad y bienestar y que era normal que él no lo viera del mismo modo que nosotros porqué en la naturaleza de su cerebro de chico de 13 años no habita todavía la capacidad de ver los peligros de la vida como los ven los cerebros adultos.

Curiosamente en lo que más hice hincapié fue en no mentir. En la familia no nos mentimos. Hay que decirnos las cosas con sinceridad, sin mentiras, tal como las sentimos desde el fondo de nuestro corazón y sin miedo. No se puede construir ni regar una relación si está cimentada en mentiras. Y en ese preciso momento se me revolvió cuerpo y alma y yo, que tanto enfatizaba aquello de que en nuestra familia no se miente, caí en la cuenta de que no estaba siendo totalmente sincera con mi marido en ciertos aspectos de nuestra relación.

Boommm !!!, había tenido que venir mi hijo adolescente para darme una lección. No dejaré de asombrarme cuánto aprendo cada día de mis hijos. A la mañana siguiente (domingo) y después de toda la noche dándole vueltas al tema, ya no aguanté más y desperté a mi marido a las 7 de la mañana para contarle todo este arrebato de sinceridad, que desde ayer me corría por las venas. La conversación fue confortable y propicia y nos dejó un regusto plácido y de bienestar muy agradable que voy a intentar regar cada día para que no se estropee y siga creciendo con fuerza.

Que crezca esta semilla recién replantada en nuestra relación, que crezcan mi pequeños con libertad, autonomía, seguridad y sobretodo verdad, con la garantía de que a menudo dolerá y escocerá pero sin duda el dolor de este crecimiento será mucho menor que los costes devastadores del arrepentimiento por no haberlo intentado, por ello, nunca dejemos de regar.


martes, 18 de julio de 2023

Divergencia

 



S
oy muy fan de la peli divergente, desde que la vi me parece muy inspiradora. Desde los protagonistas y sus nombre  pasando por su relación, por como la trata él y por como es ella sobre todo, me gusta todo, me hace sentir poderosa, con ganas de luchar, de ser miembro de la facción osadía a pesar de que el 98% de mis células me indiquen que donde debo estar realmente es en la facción de cordialidad o en la de abnegación.

Qué disparidad de opciones, ¿no creéis?, de osadía a abnegación va un mundo. Es como si un poeta decidiera trabajar en un banco (como decía la canción) o como si un nómada se recluye en una cárcel voluntariamente. No hay quien lo entienda, ¿verdad? pues ahí vivo yo, inmersa en los extremos.

Tanto es así que recientemente mi médico de cabecera , a raíz de un comentario mío que a su vez provenía de un comentario de mi marido, me hizo plantear la posibilidad de padecer un trastorno bipolar tipo 2. Por si alguien no lo sabe el trastorno bipolar tipo 2 se caracteriza por fases de euforia, movimiento, impulsividad en contraposición de otras fases de depresión, tristeza y decaimiento.

El psiquiatra que me vio en primera instancia con el que tuve una visita de pasillo me dijo que quería verme en otra visita más larga con mas calma pero que pensaba que cumplía todos los requisitos para colgarme el diagnóstico de bipolar (eso, con 4 preguntas y 4 respuestas sobre cómo manejo mi vida habitualmente).

A muchos amigos míos les cuadró  la idea, a mi misma me cuadró. Muchos me decían cosas del tipo que ellos ya lo habían pensado alguna vez o que no les venía muy de sorpresa el posible diagnóstico. A mi, en parte, me ofreció una especie de excusa a todos los vaivenes mentales que tengo de continuo y me aportó de primeras cierto alivio. Era como poner razón a todo lo que me pasaba y sentía que podía decirme a mí misma que no estoy loca, que es una enfermedad que me causa esto. El tema es que esa enfermedad está incluida dentro de los trastornos psiquiátricos , es decir, mal dicho, locura. Y lo digo así con todas las letras porque es lo que sentí a las apenas 12 horas de esa primera visita.

Ese día, tras esa mini visita yo seguí trabajando normal pero esa noche estuve dando vueltas todo el rato a qué podía implicar ese diagnóstico : medicación de por vida, controles, no ser dueña de mis propias decisiones, ¿cierta estigmatización? , así que me levanté a las 4 de la madrugada e hice lo que mejor me funciona para aclararme, ordenar mis ideas en papel.

En ese papel yo explicaba que no quería tomar medicación y que quería tener la oportunidad , ahora que sabía que existía un problema, de auto encarrilarme y no funcionar en los extremos. Hubo personas a las que esas letras no les parecieron adecuadas  y en sólo una noche había pasado de ser  una persona con voz, voto y capacidad de decisión a una persona sin credibilidad alguna en lo que respecta a tomar cualquier decisión sobre su propia vida. Wowwwwww. ¿ Así van a ser las cosas de ahora en adelante? Pues va a ser que sí que las enfermedades mentales están un poco muy estigmatizadas, pensé.

Con estas expectativas decidí esperar al único que tenía potestad verdadera para valorarme , que era el psiquiatra. Acudí a una nueva visita, esta vez larguísima, junto a mi marido.

Yo aporté un escrito eterno sobre como es mi vida y él lo leyó punto por punto. La cosa estaba en intentar discernir si mis subidas y bajadas emocionales venían por impulsos incontrolables o por simples cambios de opinión, vamos, por ser caprichosa como dirían algunos.

Llegué a plantearme que si la alternativa a ser bipolar era ser una niña caprichosa en el significado estricto de la palabra, casi que prefería ser lo primero. Tuve ralladura mental con este tema, lo reconozco, porque a mi lo de ser caprichosa me suena feo, me suena a tontuna, de esas chicas con risita fácil y poco que aportar y es que cuando quiero algo no es por capricho literalmente , es porque en ese momento he decidido que esa cosa la quiero en mi vida y los impedimentos que puedan surgir para obtenerlo suelen ser salvables. ¿Eso es capricho o determinación?. Cierto es que tal vez pasado un tiempo si no lo he conseguido decido que ya no quiero esa cosa, ¿pero eso es capricho o aceptación? o, rizando más el rizo puede ocurrir que aun habiendo conseguido aquello que buscaba, seguidamente me apetece ir a por otra cosa, así que una vez más, ¿eso es capricho o pluralidad?

El hecho es que mi psiquiatra no vio claro que fuera 100% bipolar y me tuvo un mes en estudio, sin ninguna medicación. Me retiró mi escitalopram querido y me dejó a pelo, con mis emociones vírgenes y salvajes, como Dios las trajo al mundo.

¿Y sabéis qué? Pues que ni tan mal. Que ni crucé la frontera hacia arriba ni hacia abajo, que me situé en una franja muy central, que recanalicé el modo de expresar mis emociones, de no ser tan vehemente ni en la alegría ni en la tristeza y así pasó que en la nueva visita tras ese mes de seguimiento, el médico dictaminó que no había criterio ni de diagnóstico ni de medicación.

El capricho había ganado a la locura. O quisiera decirlo de diferente modo, la hipotética locura se esfumó y dejó ver mi naturaleza real: la caprichosa, arbitraria, fantasiosa, inspiradora, ocurrente, extravagante, desvariada y cuántos más sinónimos de caprichosa podáis encontrar. A mi el que más me gusta de todos es, por aquello que os contaba al principio sobre la película, divergente, que es aquel pensamiento encontrado entre las personas con rasgos de personalidad tales como: inconformismo, curiosidad, persistencia y voluntad de asumir riesgos.

Y por más que busqué ninguna de esas palabras estaba clasificada como una enfermedad, ni mental ni de ningún otro tipo. Así que decidí auto prescribirme el mejor y más útil tratamiento que existe una vez escuchado el veredicto del psiquiatra: El dejar de sentir que estoy enferma.

Porqué cuando uno está enfermo, lo está y hay que hacer lo que marca el profesional y punto y sea cual sea el diagnóstico, tirar para adelante y lidiar con lo que nos traiga la vida.

Pero cuando uno no está enfermo, a menudo el querer indagar tanto en sí mismo, profundizar, auto preguntarse tantas cosas y buscar el porqué de todo y el cómo, el quién, el hasta cuando y hasta el de qué está hecho, buff, resulta agotador. Y sesiones de psicología por aquí y por allá, que he tenido que dejar en pausa y que retomaré cuando mi logística vehicular me lo permita, pero es que ha resultado que mi terapia más resolutiva siempre ha sido y sigue siendo cena con amigas, desayuno con mis padres, charlas en la terraza con mi marido, tarde de chicas con mi hija, mis grecas, mis Destiny’s, mis brujitas, un abrazo de buenas noches de mi hijo, los birras terapéuticas de vez en cuando, mis Alborginos, sobremesas interminables familiares, cenas post pádel y post básquet sin que haya habido ni pádel ni básquet y en mitad de todo eso, la firme seguridad que no me pasa nada más allá que la vida en sí misma.


Qué gran sabio Nietzsche al decir que “aquellos que eran vistos bailando eran considerados locos por quienes no podían oír la música”, y qué agradecida estoy a la vida por dejarme escucharla a mi.

 Por todo ello, sin más que decir, os comunico con gran alegría que estoy encantada de seguir siendo sólo la misma loca del coño de siempre.


sábado, 25 de febrero de 2023

Conforama

 

Hace unos días mi marido me envió un enlace para ver un documental sobre la vida después de la muerte (me fascina el tema) y de allí llegué a una plataforma web que no conocía que se llama “Wake up”. Muchos temas interesantes allí encontré ,como diría el maestro Yoda y de entre ellos una frase .¿El discernimiento se hace desde el descubrimiento del despertar o del sufrimiento?

La respuesta me vino inmediata, a mi, el boom del discernimiento me llega de manera más brutal cuando tengo que ir a Sant Joan de Dé
u que es uno de los hospitales pediátricos más importantes de mi ciudad. Nosotros solemos ir por controles sin importancia y no puedo evitar sentirme bendecida y agradecida por la salud de nuestros hijos, puesto que no hay traba más dura que lidiar con la enfermedad grave de un hijo. Durante el tiempo de sala de espera o de trayecto por los pasillos y plantas del hospital me imagino el día a día de esas familias e incluso me sorprendo al verlos sonreír. Me inunda entonces una mezcla de vergüenza y alivio al constatar lo maravillosa que es mi vida y las auténticas tonterías por las que me quejo diariamente.

Después reflexioné un rato más sobre el tema y caí en la cuenta de que mis despertares suelen venir también de detalles absolutamente triviales y cotidianos, por ejemplo: 

Tengo una forma de hombro diseñada para que me resbale todo, me resbala la tira del sujetador, los tirantes, la correa del bolso. En cambio tengo una forma de caminar diseñada para que cada día del mundo, sin importar el terreno que piso o el tipo de zapato que llevo, me entre arenilla o alguna piedra en el pie.

¿Quiere decir eso que la vida me pone obstáculos en los pies pero que me los echo a la espalda y me resbalan? No estoy segura si me gusta que me resbale todo, algunas cosas sí, pero no absolutamente todo, siento que si así fuera, estaría perdiendo mi parte humana, sería como un robot o peor aún como un psicópata.

Pero ¿qué obstáculos son esos que me entran en el zapato? Tal vez podríamos decir que la arena entra en momentos de cambio de rasante o cambio de terreno; como si mis pies se hubieran acostumbrado a un tipo de suelo y se aturullaran al salir de su zona de confort, vaya, mi zona de confort.

Yo sinceramente, y me pongo gorda como un pavo cuando lo digo (esperando que no sea autoengaño) creo que no tengo ningún problema en salir de mi zona de confort. Creo que soy adaptable en mayor o menor medida a las situaciones que voy viviendo o quizás debería decir adaptable con mayor o menor dificultad. Diría que me gusta romper barreras mentales autoimpuestas y que no me da miedo ni ningún reparo realizar actividades diferentes en las que conocer gente nueva, como aquello de lo que os hablaba sobre que me encanta estrenar emociones nuevas cada dos por tres, pero también creo y lo afirmo tajantemente, que con todo esto de las zonas de seguridad nos hacemos las cosas más difíciles de lo que son. Es decir, que hoy en día está muy mal visto quedarse en la zona de refugio de uno y parece que seas de repente un parásito viviente si decides quedarte en terreno conocido.

Hay un libro de Murakami;  había leído fragmentos de este escritor que me parecían maravillas pero nunca había leído un libro entero suyo hasta que cayó en mis manos La chica del cumpleaños. Me sentí atraída por la ilustración de portada y por el color del encuadernado desde el principio y lo empecé a leer con afán, tanto que lo terminé de una sentada (es muy cortito).

El libro habla (y cuidado, hay spoiler) sobre una chica a la que por su cumpleaños un anciano le concede un deseo. Ella se lo pide y el anciano le contesta : “- O sea que éste es tu deseo? Es un deseo muy raro para una chica de tu edad . Lo cierto es que me esperaba otro.” Años después, y siendo el lector un testigo más de la conversación, queda la incertidumbre de cuál fue el deseo y si fue concedido o no.

Yo, obviamente hubiera pedido felicidad, salud, bienestar, paz…

Pero Murakami, no lo dice. Y te pasas 80 páginas esperando a encontrar algo que al final no te dan y en cambio sin conseguir el objetivo final resulta que el libro deja un sabor de boca fantástico.

¿Entonces porque toda la vida esperando algún objetivo? un final de tal o cual manera y no solamente disfrutar del camino (ya escribí sobre este tema, me hago mayor, me redundo)

Para mí, el leer simplemente por el placer de leer sin averiguar el final de la historia era impensable. Es decir conducir sin un lugar al que llegar, caminar sin un punto final en mi ruta hubiera sido una situación que yo misma hubiera tachado de absurda hace no demasiado tiempo, siempre con la necesidad de explorar más allá, de transgredir fronteras; de salir en definitiva de mi zona de confort.

En cambio ahora siento que el calor de mi círculo me aporta tantísimo bienestar y paz que no necesito cruzar ningún límite para sentirme plena. Y ahí es donde la chica del cumpleaños me da otra lección, cuando un amigo suyo le pregunta si el deseo finalmente se cumplió, ella sólo contesta:  “Una persona, llegue hasta donde llegue, jamás puede dejar de ser ella misma”.

Reconozco que en su momento no entendí esta frase pero justo ahora al meditarla para incluirla en la columna me he dado cuenta que realmente significa que da igual estar dentro o fuera de la zona de comodidad, porqué tanto si decido escalar el Everest como si prefiero hacer crochet en el sofá de mi casa la que lo está decidiendo y haciéndolo es la misma persona, yo misma. 

Por otra parte, he leído hoy en “el club de las 5 de la mañana” de Robin Sharma que la mayor parte de la gente no se soporta a sí misma, por eso nunca pueden estar a solas ni en silencio (qué sería lo que para mi corresponde a su íntima zona de tranquilidad). Necesitan estar constantemente con otras personas para escapar de sus sentimientos de odio a sí mismos por todo su potencial perdido, y se pierden las maravillas y la sabiduría que la soledad y la calma aportan. Yo he constatado eso en ciertos momentos con la necesidad de escuchar música incesantemente yendo por la calle o en casa y además estar pasando de canción todo el rato. En cambio en momentos en que me siento sosegada conmigo misma a menudo no me acuerdo de poner música y me quedo absorta en mi propio mundo interior tan ricamente. Es como aquella frase de Mario Andretti : “ si todo parece estar bajo control significa que vas muy despacio”. Es perfecta, evidentemente,  para resumir la velocidad de carrera de un piloto de fórmula uno pero, sin duda, no es para mi. No necesito (o tal vez sí) que todo esté bajo control o mejor dicho, el hecho que esté todo bajo control no me hace pensar que esté yendo demasiado despacio, al revés, siento que si avanzo y encima está todo en paz, estoy circulando a la velocidad justa y perfecta. Es mi velocidad de crucero ; y es que es cierto que como dijo Tolstoi “todos quieren cambiar el mundo pero pocos piensan en cambiarse a sí mismos” y obviamente lo primero que se nos ocurre para quitar el pie del acelerador es intentar modificar nuestro círculo exterior y no vemos que lo realmente fácil es cambiar nuestras propias revoluciones quedándonos por el tiempo necesario dentro de nuestro albergue con la gente que nos quiere y a la que queremos , con aquellos con los que queremos envejecer, a buen recaudo y al calor del hogar, al refugio de los sentimientos que no necesitan ser dichos porque ya se saben (aunque no vaya mal expresarlos con palabras de vez en cuando) y al recuerdo de mil momentos juntos, recuerdos plasmados en las fantásticas fotografías que empapelan mi hogar y recuerdos escritos en nuestras propias células, al cobijo de las miradas que lo dicen todo y los silencios que todo lo entienden porqué llevamos años comunicándonos de este modo. Para mí, este sentimiento de pertenencia y de protección sin límites es mi zona de confort, de la que no quiero moverme. 

Así que voy a seguir haciéndolo fácil porque el más vale malo conocido, que bueno por conocer (durante ciertas etapas de la vida) debió de venir, sin duda, de la cálida y maravillosa zona de bienestar de alguien. Yo lo voy a modificar a mi antojo y lo voy a bautizar gastronómicamente como más vale vaca vieja conocida que vaca nueva por conocer, porque todo el mundo sabe que las vacas viejas, al igual que las gallinas tienen mejor sabor y ternura en sus carnes. A fin de cuentas para eso nos quedamos donde estamos, para saborear y deleitarse con lo que ya sabemos que nos encanta. Bienvenidos a mi vieja zona conocida, a mi zona de confort.



viernes, 13 de enero de 2023

Srta Seny

 



E
n mi anterior columna os hablaba de lo genial que me parece la valentía o el coraje como cualidad en una persona, pues acabo de descubrir un superpoder todavía mejor: la constancia.

Si lo paras a pensar el coraje que tanto me maravilla es más rollo pim pam fuego, un arrebato de valentía que se hace en un momento dado, pero lo de la constancia es más gota a gota, por eso en mi opinión cuesta más. Por eso tenemos el caso de la hormiga y la cigarra o el caso de la gota malaya, por qué esa constancia es lo que realmente erosiona la piedra, en el caso malayo, la cabeza.

Pero esperad, ¿es constancia o perseverancia?

Lo que he encontrado ha sido que la constancia implicaría llevar a cabo todo lo que necesitamos para lograr nuestras metas, por ejemplo: ser constantes en correr 30 minutos al día para lograr correr una maratón o escribir una columna de este blog cada mes para que tenga una periodicidad adecuada (y no cuando a mi me de la gana)

La perseverancia incluye hacer todo lo que sea posible para no desfallecer en la misión de cumplir nuestros objetivos aunque incluya adaptaciones en el proceder del plan inicial. Como por ejemplo sentarse a escribir aunque no se me ocurra nada o salir a correr aunque esté lloviendo.


Pero, si salgo a correr pete quien pete o me pongo a escribir tanto si me apetece como si no, ¿no sería precisamente no modificar mi plan inicial? No lo acabo de entender así que me quedo con mi propia adaptación : constancia va a ser llevar a cabo lo que necesito para lograr mi meta y perseverancia será hacer todo lo que me sea posible en no desfallecer en ser constante.

Así que ni corta ni perezosa a mi 2023 le he pedido PERSETANCIA.


Yo necesito persetancia para todo, para educar a mis hijos lo primero, porque dar una indicación es muy fácil, pero dar la misma indicación 40284 veces es más complicado, persetancia  para crear momentos de hygge en mi casa, porque que tu hogar esté bonito y con una vela perfumada y con una luz agradable no se hace solo, también necesito ser persetante para asentar unos hábitos de vida saludables, unas rutinas de orden y limpieza adecuadas y sobretodo para darme cuenta lo bonita que es mi vida cuando me paro a mirarla de lejos.

Y puede sonar raro porqué lo primero que me ha surgido escribir ha sido mirarla de cerca pero es que yo creo que se ve mejor cuando pones cierta distancia , como dice siempre Agustí, el director del máster en emergencias que hice: “ que el árbol no te impida ver el bosque”. Yo veo a diario en mi vida algún árbol caído, otro grande y frondoso, otro moribundo, otro con raíces traicioneras y otro con ramas formando bonitas formas. Si hoy veo un árbol viejo y desnutrido no significa que el bosque entero sea así y lo mismo si veo un árbol precioso y brillante, no significa que todo el bosque sea de cuento de hadas (por eso me quité de instagram y facebook, porque soy de las que se cree que los bosques ajenos son de purpurina y unicornios). Yo me he dado cuenta de esto viendo mis álbumes de fotos. Desde que nació Jon, en 2010 hago un álbum de fotos familiares en papel por año. Cuando veo los 12 meses de recuerdos juntos, me maravillo de qué pedazo de bosque tengo en mi vida, es como todos los bosques de todas las películas bonitas juntos.

Y ahí es cuando decido, Cristina, se persetante en fortalecer esto que tienes, que no es fácil.


Así que allá voy a ponerme al tema: una de las cosas que desbaratan un poco mi vida son mis idas y venidas mentales, mis ideas, mis sueños…que yo pensaba que no hacían daño a nadie, hasta que mi marido me comentó que se sentía bastante saturado de que hoy quisiera comprarme un chalet en Cuarte de Huerva, mañana quisiera estudiar criminología para entrar en el FBI, pasado abrir un refugio para sin techo, el mes que viene querer ser la más fit del mundo y al de 2 meses pensar que ser fat tampoco está tan mal.

 Cuando me lo comentó un día en medio de una discusión pensé que no tenía ni idea de la diversión asegurada diaria con la que convive, pero cuando luego nuestro amigo David me insinuó que empatizaba con él y mi madre ha asentido con la cabeza cuando se lo he contado hoy he pensado, calla, calla, vaya a ser que la que va en contra dirección sea yo.

Por suerte, he pensado, mi padre nunca me aconsejará que deje de soñar y no me he equivocado, así, tal cual : Nunca dejes de soñar hija mía (sabía que no me defraudaría).


Os pondré un ejemplo : el espejo de mi baño justo el 20 de febrero de 2021 me regaló una premonición triste pero preciosa a la vez; por aquel entonces teníamos una amiga que por circunstancias de la vida estaba muy enferma a la que tuvieron que sedar. Llevaba sedada unos días y esperábamos el desenlace final. Ese día no hacía frío y no puse el calefactor para ducharme, al salir de la ducha se había empañado todo el espejo y pasé la mano para limpiarlo. La forma como lo hice me recordó un arcoiris y de pronto gotas de agua empezaron a caer desde él, la sucesión de ideas que me sobrevinieron fue instantánea…..un arcoiris, que bonito - gotas, un arcoiris que llora - es Paqui - Paqui ha muerto. Fui corriendo a contárselo a mi marido que todavía dormía y nos pusimos a desayunar. En medio del zumo y la tostada recibimos una llamada de Andrés, Paqui había fallecido.

A partir de ese día ese mismo espejo me recibe con una sonrisa de vaho plasmada en él cuando salgo de la ducha y yo se que no es más que el rastro que deja el aire del calefactor que justo al caer en esa dirección hace esa forma. Lo más normal sería tomarlo de ese modo, pero a mi me hace más ilusión tomarlo como que el espejo y Paqui me sonríen para que tenga un buen día cada mañana. 

¿Y qué culpa tengo yo de alegrarme con estas sugestiones? Que culpa tengo yo si resulta que  vivir en Cristina en el país de las maravillas es inherente a mi naturaleza?


Así que a pesar de los ánimos de mi padre y de mis impulsos naturales, decido convertirme en la srta seny. En mi lengua materna hay un refrán que dice “menys rauxa i més seny”, que sería algo así como menos arrebato y más cordura (que no es sólo el tejido de la ropa de moto), que me va como anillo al dedo.

El arrebato está genial pero no puede regir mi vida porque sólo se me ocurren dos opciones para explicar ese camino, o me he equivocado estrepitosamente al escoger el modelo social en el que estoy viviendo o estoy más loca que unas maracas.

Vale, dame persetancia oh señor, para ser cuerda. No quiero ser una maraca andante.


Y aquí estoy yo con super cordura, a tope de seny, y buscando desesperadamente pastillas para no soñar, con toneladas de persetancia teórica, con mis propósitos firmes y segura de mi misma y enmedio de tanto fulgor de año nuevo me siento  envuelta en una especie de tristeza que no me explico.


¿Será porqué estoy post vacacional? ¿será que los peques llevan una racha de ponermelo difícil? ¿Será porqué he empezado una alimentación saludable y mi mente lo nota? ¿ Será que me siento prisionera de mi misma con tanto encorsetamiento mental? ¿Será que me ha apenado mucho darme cuenta que mi compañero de vida se sentía mal a costa de mis mundos de Yupi? ¿ Pudiera ser, quizás que echo en falta algo? Y yo no se que es ni qué será que hasta le he pedido al médico que me suba la dosis de mi escitalopram querido.

¿No será pues que, yo que tanto he criticado los encefalogramas planos estoy en vías de convertirme en uno de ellos? ¿No será que debo incluir la persetancia precisamente para no dejar nunca de soñar? Y recuerdo aquella canción de Sabina ... .si lo que quieres es vivir cien años, haz músculos de cinco a seis y ponte gomina que no te despeine el vientecillo de la libertad … vacúnate contra el azar, deja pasar la tentación…


¿A qué va a ser eso? demasiada cordura hace la vida de un desalado que aporta calma al corazón pero tal vez hace que pierda la razón (apúntate esa Sabina) y es que de hecho ¿aquel refrán era más cordura y menos arrebato o al revés? ¿Igual es más arrebato y menos cordura? Os parecerá que me lo hago venir bien para hilar esta columna  pero os juro con el corazón en la mano que no soy capaz de recordar en qué sentido iba.


Pues qué le vamos a hacer,no me queda otra. 

Qué le den al refrán. 

Yo voy a seguir con mi persetancia y mis sueños eso sí, sin perder la cordura (en exceso) y sin abrumar a los que me acompañan con mis ensoñaciones fantásticas, pero no por obligación sino porqué yo quiero y porqué mi vida tal cual está y los que me rodean se merecen que los cuide.

No tengo duda que no hay mejor modo de cuidarlos que no perdiendo ni mi esencia, ni mi persetancia, ni mis sueños. Os aseguro que no seré yo quien le dé la espalda a la sonrisa diaria de mi espejo.

 





 


domingo, 27 de noviembre de 2022

44

  


Ahora que han llegado mis 44 y como es habitual en mis últimas vueltas al Sol, me gusta hacer reflexión de lo acontecido en estos últimos 365 días y oye, este año ha sido de lo más revelador.

Todos sabéis que después de una catarsis absoluta, a través de diferentes puntos de apoyo conseguí darme cuenta que hacía demasiado tiempo que vivía sumida en un gris crónico que me aportaba una infelicidad e insatisfacción interna constante sin motivo.

Lo que es más importante es que conseguí salir de ese gris, sintiéndome hoy mismo incapaz de expresar en palabras la inmensa sensación de felicidad general que me envuelve en mi día a día actual.

¿Qué ha cambiado? Mismo trabajo, misma familia, mismos amigos, mismo lugar de residencia, mismo cuerpo.

No puedo decir que haya cambiado ni yo misma como persona, soy la misma, con mis lorzas de más, mi cálculo mental de menos, mi impaciencia de mucho y mi constancia de bajo cero.

Nada ha cambiado excepto mi punto de vista. Tan fácil como eso. 

Simplemente ahora pongo el foco en lo bueno que tengo, que para mi sorpresa, es mucho.

Simplemente ahora me siento agradecida por todas esas toneladas de favorabilidad que tengo a diario, y simplemente ahora, discierno con claridad qué cosas pueden amargarme mi tiempo y cuáles no ¿Y sabéis qué? hay bien pocas que cumplan las características necesarias para ello porqué si os fijais como dice Amapolas:  “Erase una vez una puerta cerrada, una ventana abierta y una mujer valiente. Fin.”

Ese quiero que sea mi libro de cabecera todas las noches, no necesitar nada más que eso en mi pensamiento porqué sé que con eso y millones de ventanas, lo tengo todo.

Y le doy vueltas a eso …una puerta cerrada, una ventana abierta y una mujer valiente….

una mujer valiente…

mujer…

valiente…

Desde siempre me gusta la valentía, así en general, sin género, no como cuando es femenina que entonces no me gusta, me fascina.

Soy muy fan de ciertas mujeres que para mi son o fueron valientes, Karen Blixen, Frida Kahlo, Ana Fisher y muchas más. Y tal vez lo que para mi es valentía para vosotros es una caca pinchada en un palo, pero qué más me da. Valentía es precisamente que te de lo mismo que tu opinión sea diferente a la del resto de la gente.

He buscado la diferencia entre coraje y valentía y resulta que esta última es hacer algo peligroso sin pensar, mientras que en el coraje caminamos hacia el peligro a sabiendas de los riesgos.

En este caso debo decir que, para mi, valentía se equipararía a inconsciencia y por lo tanto no me parece demasiado aplaudible.

Me quedo pues, con el coraje. Empecemos de nuevo.

Me gusta el coraje, así en general, sin género, no como cuando es femenino que entonces no me gusta, me fascina.

Y no creo que para ser corajosa sea necesario luchar contra un león o saltar de un rascacielos en salto base, a mi las muestras de coraje que me maravillan son las cotidianas.


Y de sobras sé que mis muestras cotidianas en este terreno, y doy mil gracias por ello, no recaen en tener que buscar comida o pasar penurias para pagar la hipoteca, tampoco en luchar contra una enfermedad, ni sufrir por algún familiar o amigo. Mis complicaciones sólo tienen que ver conmigo y mis propias trabas emocionales y ya solamente por eso son infinidad de veces más triviales que las de cualquier otra persona con problemas graves.

Yo veo coraje en mi vida cuando estás hecha polvo y aun así te arreglas y te pones tu vestido más colorido para salir a la calle y también lo es cuando te pasas todo por el forro y decides salir sin peinar, con el pantalón de tu pijama negro y con la ralla del rímel corrida porque no te apetece lavarte ni la cara.

Precisamente ese cambio de paradigma en mi mente, el no autoimponerme ciertas normas, para mi, es sinónimo de coraje.

Coraje por querer romper cadenas mentales, tapujos y prejuicios. Me entusiasman las personas que superan sus límites y deciden de qué manera exacta quieren vivir su vida y quieren dirigir su cuerpo y su mente. Cuando esa decisión proviene de una misma y además de pensarlo, lo llevas a cabo, la sensación que se genera es como un terremoto bajo tus pies que te sacude cuerpo y alma y te hace literalmente, volar.

Y no me cabe duda que la humanidad siempre ha tenido miedo a las personas, en este caso, a las mujeres que vuelan, ya sea por ser Amelia Earhart , ser brujas o por ser libres. 

Y eso es precisamente lo que yo quiero ser, libre. Bruja puede que ya lo sea.

El punto clave de esta disertación es que he aprendido que no puede haber libertad sin coraje y ahí es donde yo quería llegar.

En mi caso he necesitado coraje para superar dos fobias concretas que me limitaban enormemente y por consiguiente me restaban libertad. Una creo que la tengo superada, la otra estoy en ello.

Necesité coraje para parar, bajarme del mundo laboral por unos meses y resetearme para volver a conectar.

Tuve que emplear también coraje para replantear ciertos aspectos en mi relación de pareja y exponerme ante esta con mis verdaderas necesidades y deseos.

Coraje para enfrentarme a pacientes descontentos con el sistema, que tienen la razón la mayoría de las veces, a los que no puedo solventar sus dificultades pero si puedo transmitirles que aunque sea desde la base asistencial hay profesionales que nos preocupamos por su bienestar y creedme, ese acompañamiento ha repercutido en más satisfacción al final del día para mi que esfuerzo.

Coraje para aceptar que mis partes oscuras no lo son, y como dice Drexler, darles asilo. Abrir mis brazos y cerrarlos con ellas dentro. Llevar mis nubes a otros cielos de nubes pasajeras y sin duda, preferir lamer después mis heridas a que mi valentía (esta vez sí) pierda filo.

Coraje para llevar a la práctica algo que alguien me dijo una vez sobre que si no puedes, al menos, intentarlo por ti misma, es que no es para ti.

Coraje para aprender a mirarme al espejo y anteponer felicidad a castigo (aunque si os soy sincera ese tema es una veleta viviente, puedo estar a full con el Body Positive y simultáneamente comprarme una faja más fuerte que el acorazado Potemkin)

Y por encima de todo, coraje para reconocer que estaba caminando por el sendero equivocado, que teniéndolo todo sentía que no disponía de nada y decretar un golpe de estado conmigo misma para empezar de cero y agradecer todo lo bueno que tengo.

Agradecer diariamente desde la salud general de toda mi familia hasta la siesta que puedo echarme los días que trabajo de mañana, desde la maravillosa red social de amigos que tengo hasta mis espacios de mindfulness desayunando en la mesa de la cocina con mi velita con aroma a bosque de invierno encendida.

Desde nuestra gran y modesta casa en el pueblo, sus gentes, sus actividades y ese “je ne sais quoi ” que tiene Alborge en esencia, que te atrapa y me aporta tanta felicidad hasta mi diminuto taller de creación de pintura, escritura y costura que he podido robar de un rinconcito de mi salón.

Por aquellos que me han enseñado a hacer el amor (y no la guerra).

Por mi IncrediBunch, mis padres, mis amigos y mis compis de trabajo, que siempre están.

Por todo esto y muchísimo más me siento tan bendecida en este último año, y me doy cuenta lo importante que ha resultado ese coraje del que os hablaba para llegar a este momento de claridad emocional. Tanto es así que creo que mi piropo favorito a partir de ahora debería ser ese por qué cuando esta columna era sólo un boceto inconexo (que es como se inician todas mis columnas de hecho) pensé de título algo así como “mi tipo de mujer ideal” y como siempre, la descripción era una mujer con más de esto, menos de aquello, sin demasiado de lo otro, y vi que las modificaciones necesarias para llegar a mi ideal recaían en un alto porcentaje en cualidades de belleza exterior. Cierto es que esa belleza es hermosa para la vista y confiere una gracia especial a quien la posee y yo precisamente le doy mucha importancia, pero con mi nuevo arquetipo, yo quisiera sobre todo, centrarme en tener más de la otra, ese tipo de belleza que tambalea los cimientos del suelo con su paso firme, que refresca el espacio como una brisa del Ártico, que dirige su rumbo con su propio faro interior, esa belleza que tiene la fuerza para hacer que los planetas giren.

Justo para eso me viene como anillo al dedo una frase de Rupi Kaur que dice: “quiero disculparme con todas las mujeres a las que he llamado guapas antes de haberlas llamado inteligentes o valientes, siento haberlo hecho sonar como si algo tan simple como es con lo que has nacido, es lo máximo de lo que tienes que estar orgullosa cuando tu espíritu ha aplastado montañas. De ahora en adelante diré cosas como eres resiliente o eres extraordinaria no porque no piense que eres guapa sino porque eres mucho más que eso.”

A la vista de todos estos pensamientos, diría que mi mujer ideal no existe, es un poco de esto y algo de aquello pero sobre todo estoy segura que no nace, se hace. 

Mucho tiempo ha pasado desde que Josu me dijo , que era calcada a la Jane Porter de Tarzán de Disney, en su momento no lo tomé como algo a resaltar pero hoy al releer una descripción que encontré hace años y me gustó mucho pero con la que no conseguí verme identificada, de repente, me he reflejado en ella como aquella Jane. Y me ha hecho sentir bien.

“Ella , que es más de personas que de cosas, más de momentos que de regalos y que nunca se rinde mientras busca lo que la hace feliz” y yo no soy nadie para decir lo que el mundo necesita, pero si soy alguien para decir lo que yo necesito y por tanto quiero que haya más de eso. Quiero más de esa Jane y quiero más de ese coraje, de esa libertad y sin duda, de esa felicidad que percibo como recién estrenada.

Permitidme pues, que me ponga manos a la obra para mantenerla, mínimo, en mis nuevos 44.




martes, 7 de junio de 2022

Chill

 



Hace poco un buen amigo, Kiko, me contó que Laia, una de sus hijas, a menudo le dice : - “ papa, Chill; sobre la marcha”; que vendría a ser  lo mismo que “relaja la raja “ que dirían en mi pueblo pero con un poco más de glamour.

A raíz de eso, llevo pensando un tiempo, ¿y si resulta que el modo de ver la vida de esta muchachita de 17 años es la solución?

He buscado el significado exacto de chill y literalmente es enfriarse y teóricamente proviene de los años 80 de las fiestas ibicencas donde había una pista con música relajante y suave para enfriarse y calmarse de las otras pistas de baile donde se supone el ritmo era más frenético. De ahí, el término chill out, relajarse.

Hacerlo todo más fácil y dejar que lo que tenga que ser fluya. Recuerdo haber hablado en anteriores ocasiones de aquello de dejarse mecer por la brisa y ser como el bambú, aquello de aquel libro de “a donde el corazón te lleve” y en el fondo ciertamente eso es lo que hago, me dejo llevar por mis emociones. Lo que pasa es que estas son tan vehementes que más que mecerme por la brisa, me dejo arrollar como una veleta en un vendaval. Pero si yo aprendo a dejarme fluir en calma… la vida, las emociones, las circunstancias y a través de todo eso, que emane también el camino a seguir.

En medio de estos pensamientos, me llamó un amigo del pueblo para consultarme sobre una herida que se había hecho su hijo, un tio mio me ha confirmado que aquella lesión en la piel que le vi y le aconsejé encarecidamente que fuera valorada por un dermatólogo ha sido finalmente maligna y se la han extirpado y el otro día me  encontré a un antiguo paciente mientras mi marido se compraba ropa y me preguntó por mi ausencia laboral, al explicarle mis motivos me dijo que mi profesión no podía permitirse perder una enfermera que recibiera a los pacientes con una sonrisa como yo solía hacerlo, justo el 12 de mayo,precisamente día de la enfermera. 

El 12 de mayo, siendo que a pesar de haber estado pasando por la mayor crisis existencial de mi vida laboral, cuando me felicitaron  por mi santo laboral, una sonrisa me nació de dentro, una sonrisa silenciosa y tenue pero también sincera y profunda y me sentí orgullosa, por primera vez en mucho tiempo de ser enfermera.

Después me he permitido recordar como el otro día empecé a fantasear espontáneamente como revertiría un paro cardiaco y si cogería la vía por aquí o por allá y como me sentí emocionada y nerviosa a la vez al imaginarlo.

Hace un tiempo, en relación al suicidio de Verónica Forqué, leí en un articulo la siguiente reflexión : “vivimos en una sociedad caníbal, necesitada de canalizar sus frustraciones, ansiosa de despellejar a alguien a diario, con una ausencia de escrúpulos preocupante. Y así es, y no hay modo de cambiarlo ¿vamos a seguir teniendo la necesidad de buscar  diariamente culpables de lo que nos pasa?”

Qué gran verdad siento en esas palabras, estoy totalmente de acuerdo con el concepto de sociedad caníbal, que además me encanta porqué lo veo super gráfico y también me cuestiono, cómo hace el autor, Évole, sobre si vamos a estar siempre necesitando buscar culpables de todo lo que nos pase.

El 99% de mis motivos para coger la baja, según creía en ese momento, era lo mal que se estaba portando la sociedad con los sanitarios (y lo sigo afirmando en según qué circunstancias)

Pero después de 9 meses sin trabajar y replanteándome mi futuro durante cada segundo del día y de la noche, puedo decir con total seguridad que este tiempo me ha enseñado que: 1º-  también hay muchas otras personas buenas por las que vale la pena sonreir y esforzarme y 2º-  que no debo juzgar ni intentar cambiar a los otros, eso no está en mi poder porqué lo que hagan ellos con su vida y con su actitudes es cosa de ellos pero lo que sí puedo elegir es el modo en cómo yo encaro mi vida y cómo interactúo con esas personas.

Y ya lo decía Sócrates que el secreto del cambio es enfocar toda tu energía , no en la lucha contra lo viejo, sino en la construcción de lo nuevo, por tanto, he aprendido que juzgar a una persona no define quien es ella, define quien eres tu y cuando tú te dedicas no a regodearte en la destrucción existente sino en la construcción de todo lo que puedes mejorar te sientes bien y comienzas a ver como todo lo que te rodea también mejora. Como muestra os pondré una preocupación banal, no laboral pero muy mía y muy arraigada a mi. Llamé a mi amiga Laura que vive en Leioa para felicitarla por su santo y charlando, ella que me conoce, me preguntó como iba con mi peso. Y le contesté, pués Laura estoy como una albóndiga, pero la verdad es que estoy guapa y me siento bien. Por la noche mientras lo acostaba, se lo mencioné a mi hijo y le dije, para ti mejor croqueta, que ya se que las albóndigas no te gustan y me contestó: - Sí mama, eres una croqueta, pero una croqueta no de pollo, eres una croqueta rellena de amor.

No os imagináis la paz interior que me generó a mi el poderme aceptar estando no flaca (por no decir gorda que sinó mi psicóloga dice que me maltrato a mi misma verbalmente) y sentirme más bien que mal. 


Por eso, me pregunto si tal vez mi vocación, al igual que todas mis demás pajarracas, sólo necesitaba un descanso, un reseteo. No asentarse en lo malo sino construir lo bueno.

Quizás mi alma necesitaba hacer las paces con el mundo y yo misma obviamente, necesitaba aprender a gestionarme emocionalmente de un modo distinto.

Desde esta nueva perspectiva me siento un poco avergonzada de mis decisiones absolutistas, aquellas en las que me rasgo las vestiduras y afirmo tajantemente que no quiero más de esto o de aquello y que nunca más quiero sentirme esclava de eso o lo de más allá. Y se me llena la boca con términos extremistas como “nunca o siempre”, aunque eso no me resulte nuevo porque ya sabéis que siempre he sido de extremos. ¿Y veis? la palabra “siempre”. Ya lo hice de nuevo. :)

A mi favor voy a declarar que yo como ser, esencialmente pasional, llevo en mi ADN ese modo de verbalizar y por ende, decido del mismo modo también.


Por otro lado, mi última visita con Francina, mi psicóloga fue especialmente reveladora. Me contó que una de las máximas de la psicología según Carl Jung dice : “ lo que aceptas se transforma , lo que reprimes se refuerza” y yo, super orgullosa de mi misma le digo que ya aprendí a aceptarme y que justamente el “Samsara” que llevo tatuado significa aceptar mis sombras, mi parte oscura, que obviamente es contra la que lucho cada día para que desaparezca (y me autoadjudico un mini punto por ser una alumna tan aplicada),...y he ahí la gran revelación.

No,Cristina, bonita, el problema es que estás asumiendo que todas esas partes oscuras tuyas son malas y deben ser reprimidas y por tanto, todavía las estás reforzando más y más. Es decir el negro, como metafora, es un color igual de digno, puro y bueno como lo puede ser el amarillo. Nada de partes oscuras turbulentas ni ocho cuartos, son partes de mi misma y como tal debo aprender a abrazarlas y sólo de ese modo podré florecer como mi verdadero ser. Sinó voy siempre como coja, en plan mi parte derecha la uso porqué es bonita y bien, mi parte izquierda es más turbia por lo que no la puedo usar y voy funcionando por la vida como una hemipléjica mental crónica.

¿Y es que os habéis fijado alguna vez que de cosas aparentemente más feas o sin tanta pureza, salen cosas bonitas? No sé, las llamadas malas hierbas como la podagraria o la hierba gallinera por ejemplo, me consta que tienen flores preciosas si las dejas florecer. 

Algo así como un error convertido en acierto (y lo que me gusta a mi este concepto). Hablando de este tema mi hijo Jon me dió hace un tiempo una gran lección de vida (como tantas otras que cada día me dan mis hijos); Estábamos en Cuenca, lugar de nacimiento de mi padre, paseando por el puente de San Pablo que está repleto de candados cerrados a modo de ofrenda ceremoniosa. Jon me preguntó qué pasaría si cogieramos uno y yo le dije que no, que aquello eran ofrendas de alguien y no se debían tocar y como siempre para añadir un poco más de emoción a la história proseguí : - ¿Te imaginas que en estos candados están encerradas las almas de personas malas y al abrirlo las liberamos? ; a lo que él me contestó : ¿o te imaginas que lo que hay són almas buenas y liberándolas las estamos ayudando? Y me encantó que la perspectiva desde la que ve la vida, sea desde la bondad. Me decidí entonces a investigar sobre el significado del bien y el mal en relación a la esencia del ser humano y encontré una definición que me motivó : ¿qué es bueno y malo en la naturaleza humana ? La solución establece que lo bueno será lo congruente con esa naturaleza y lo malo, lo incongruente. Qué simple en el fondo…lo bueno va a ser cualquier cosa que sea coherente conmigo misma y punto.

Sé que tiendo a pensar en exceso y a menudo mis disertaciones se convierten en una tormenta de ideas sin ninguna línea argumental lógica aparente, pero de estas disertaciones suelo sacar yo después resoluciones que a mi me sirven y en estos días he concluido 2 importantes estudios : el de la zanahoria y el de nadar con gafas.

Empecemos por la zanahoria: 

¿Vosotros por donde empezáis a comer la zanahoria? Yo por la parte fina. Y me di cuenta que cuando llegaba a la parte más gruesa del final, no me parecía tan dulce el sabor y como a mi me gusta dejarme lo bueno para el final, pensé en empezar a comerla por la parte gruesa para que me quedará como último sabor, la dulzura de la parte fina.

Mi sorpresa fue que al primer mordisco noté el sabor dulce y al último volví a no sentirlo a pesar de haberle dado la vuelta. Ayer, antes de publicar la columna se lo conté a mi cuadrilla de amigos y hubo risas para todo, desde el doble sentido de comerse la zanahoria (que no lo hay, lo juro) hasta nuevas aportaciones que, como mi amiga Belén, asegura que debo comerme primero la parte externa porque lo dulce está en el palito de enmedio.

¿Y que he podido yo sacar en claro de este experimento sin sentido? Pues que no es cuestión de cambiar de dirección, sinó es cuestión de bocados de novedad. La dulzura, los buenos sabores me los aporta la novedad y cuando algo lo tengo ya muy masticado pierde su sabor y como buena Sagitario, que se lleva bien con las rutinas pero jamás con la monotonía he aprendido que lo que necesito es meter bocados de novedad de vez en cuando en todo lo que haga a partir de ahora. Cuando confirme la versión de Belén, podré reafirmar también (porqué eso ya me lo imaginaba yo ;) que la dulzura, la belleza y la bondad se encuentran en el interior de las personas o cosas y que la fachada miente a menudo y no debemos tenerla tan en cuenta.

El segundo estudio me sirvió para medir la distancia de confort, es decir, a mi la inmensidad me aturulla. Cuando me puse unas gafas de bucear por primera vez y metí la cabeza en medio del mar me sobrevino una explosión de grandeza bajo mis ojos que me desbordó. La imagen era preciosa, fue en Menorca, aguas cristalinas, peces, una profundidad infinita, hasta pude ver buceadores debajo de mi. Precioso pero demasiado exuberante, sentí algo así como una agorafobia submarina. En la piscina, aunque parezca mentira, me pasa algo similar. Hoy he bajado a nadar, lo hago con la máscara tipo escafandra del Decathlon, y si miro todo el tiempo hacia el otro borde de la piscina donde tengo que llegar, me aturulla la grandeza, veo hasta como unos pequeños remolinos en el suelo en lo más profundo y me crea cierta ansiedad.

En la décima y última piscina (lo sé soy un poco lenta de reacción) he decidido mirar justo debajo de mi casi intentando centrarme en mi propia sombra en lugar de hacia adelante y la sensación ha sido muchísimo más placentera y totalmente distinta.

¿Qué he aprendido de esta clase magistral de perspectiva? Pues que no necesito mirar tan palante hacia el futuro, que no necesito tanto saber hacía donde voy, que puedo centrarme en mi futuro inmediato o todavía mejor, en mi presente. En la sombra que reflejo hoy, que la de mañana tal vez sea diferente.


Asi que...ahi voy yo, a sentirme bondadosa en todo mi ser, a dejarme florecer, a no avanzarme y a darme bocados de novedad y después de tanta introspección, autoanálisis y libros de gestión emocional, de intentar medir los niveles óptimos de todas las hormonas de mi cuerpo porque señores, yo la teoría me la sé de memoria, el estrés y los nervios generan cortisol, la gratitud, los abrazos y la generosidad generan oxitocina. Y en medio de tanta teoría y tantos valores de más y niveles de menos decido dejarme llevar y aplicar el Chill de Laia, sencillamente dejar mecer mi barca y que la marea me lleve un poco donde quiera. Y así empecé a hacerlo ayer literalmente,bajé a chapotear a la piscina y me puse a hacer el muerto, dejándome flotar. I cerré los ojos y me abandoné y los abrí después de unos minutos porqué sentí algo en mi mano,la brisa había posado una flor preciosa y brillante en ella y en ese momento me sentí como la Ofelia de Millais y sinceramente, dejando aparte que en ese cuadro está representada en su lecho de muerte, la escena me resultó de lo más poética.

Ya para terminar este relato de experimentos sin sentido os contaré que mi amigo Enrique, me dijo hace poco que mi mente es demasiado inquieta para vivir en una ciudad pequeña. Tremendo piropazo, me encantó esa definición sobre mí, la verdad. ¿Y sabéis qué? Qué tiene razón, que ya no estoy en edad de quedarme con las ganas y que hace tiempo leí que siempre debes intentar volver al lugar donde te sentiste más viva.

Ese lugar, amigos, es la vida entera. De ella voy a seguir mordisqueando todo aquello que siempre fui y nunca dejé, voy a hincar el diente a todo aquello que me queda por descubrir y voy a saborear sin duda, eso que por circunstancias dejé de querer durante un rato pero que por suerte, pude reencontrar su dulzura a tiempo.

Hoy estoy muy contenta, hoy vuelvo a trabajar, con mi equipo, mis jefes y mis pacientes. Por fin, vuelvo a casa.