No tengo la menor duda que la memoria olfativa es la más potente que existe. Creo que podemos olvidar una cara, un sonido, pero un olor…..tal vez lo podamos enterrar, aparcarlo en nuestra memoria pero cuando un día de repente aparece de nuevo se desata una reacción en cadena imparable que interrelaciona millones de neuronas entre si y que desemboca en una imagen mental de una escena ya vivida. A veces más que una imagen es una sensación, como un arrebato en nuestro interior, como si hubiéramos clicado en el botón de cargar y millones de fotogramas se abrieran de repente.
El olor a tierra mojada y leña que me recuerda a Umbe, el aroma a tabaco de pipa que me transporta a las mañanas de domingo post desayuno charlando con mis padres, el perfume Joop que me lleva a las locuras adolescentes en La Siesta de Palafrugell, la cera de una vela que me trae a la bajada a las Angustias en semana santa, mi colonia, que huele a mi….
He visto reportajes últimamente sobre neuromarketing y cómo con ciertos olores hacen más apetecibles ciertos productos. Doy fe (a pesar que mi cerebro no es un ejemplo fiable porque cae absoluta y fácilmente en cualquier trampa que le pongan….por Dios, no me hagáis ver el tele tienda porque siento que lo necesito todo) debo decir que el marketing olfativo funciona. Hace ya algunos años, siendo yo adolescente había una tienda de ropa de hombre en la principal zona comercial de la ciudad. Yo no tenía necesidad de comprar nada de esa tienda pero cada vez que pasaba por allí entraba a mirar sus escaparates interiores sólo porque el olor de su ambientador me encantaba.
Hoy, años después, cuando huelo esa fragancia, inmediatamente mi mente grita: -“Un hombre anda cerca”….y es que así es, chicas, a mí los hombres y las personas en general, me gustan que huelan bien y me gusta que su aroma quede impregnado en mi ropa después de un abrazo, que la almohada de al lado huela a su colonia y que al pasar cerca de un desconocido su olor te transporte al ladito de tu amiga, papá, novio o quien sea aún estando a un océano de distancia.
Tal vez sea por eso que me resisto a cambiar de perfume. No soy de las que cada día usan uno diferente o que según la ocasión se deciden por uno más afrutado o más sofisticado. Hace 20 años que uso el mismo, barato y sencillo, Musk, de Margaret Astor. Con el tiempo, encontré otro perfume, Le premier parfum de Lolita Lempicka, que se ganó el segundo puesto en mi ranquin y lo tengo, bien cobijado y lo uso de vez en cuando como hobby…pero ese olor no me define.
La mezcla exacta de mi gel preferido Le plaisirs Nature de Yves Rocher con su hidratante de vainilla orgánica más mi Astor Musk crean una reacción química en mi piel que determina uno de los rasgos que, en mi opinión, más caracterizan a las personas.
Uno de los cumplidos que más me gustan es que alguien me diga que huelo a mí, y ese olor a mí, que no se definir con palabras, soy yo y todos me identifican así,… anticuada, inmóvil,….quizás, pero yo.
Así que por favor, señorita Astor, no deje de fabricar mi Musk o me meterá en un enorme problema: dejaré de ser yo.
Gracias.
Atentamente.
Yo.
