martes, 19 de julio de 2016

Love, actually

La otra noche tomando una copa con la Patrulla, coincidimos con unas amigas de mi cuñado y una de ellas que no nos conocía nos señalo a lo lejos y proclamó que a mi marido y a mi (que estábamos sentados en una mesa charlando) se nos veía muy enamorados. A mí me extrañó en verdad porque la versión que tengo últimamente de nosotros mismos y de nuestra relación dista enormemente de la definición de enamorados precisamente. Pero me intrigó profundamente. ¿Qué había visto esa chica que no era capaz de ver yo misma de mi propia relación?
¿Se me está escapando algo? ¿Me he perdido en algún recoveco del camino, me falta alguna frase del cuento que no consigo hilar del todo el argumento? Yo después de 15 años de relación no hubiera usado la palabra enamorados para definirnos. Y es una pena porque en verdad ese término debería  ser el inicio y la trama de cualquier relación sentimental de cierta antigüedad, no? Pero es que a mí, a pesar de lo soñadora  y devoradora de comedias románticas que soy, ya no me cuadra que el amor sea el motor de todas las cosas. Y me gustaría, me ilusionaría  pensar en una vida el uno para el otro, en la que él me da todo lo que necesito en una pareja y viceversa. Envejecer juntos de la mano  sintiendo que ha sido el amor de mi vida. Tal vez los años o la cotidianidad, las prisas o el dejar de creer en unicornios alados me ha hecho replantearme mi  ideal de amor incondicional. Buscar un diez, sin serlo yo misma y sabiendo que los 10 no existen. ¿Alguien habrá que nos considere un diez? Pues parece que si puesto que últimamente a mi marido le salen fans hasta debajo de las piedras. Antiguas amigas, compañeras de trabajo, la vecina del 5º, las mamás del cole,….. Mujeres a priori atrayentes y  que se interesan por él y me dicen lo guapo y simpático que es. Lo bien que trabaja y las dotes de liderazgo que tiene. Me hablan de lo buen padre que es y de la suerte que tengo. Un diamante vaya. Y parece ser que yo, sin enterarme.
Y yo me pregunto ¿por qué los de fuera son capaces de ver lo que no se ve desde dentro? Y  añadiría ¿acaso verán también todo lo que hay dentro pero que no se percibe desde fuera?
Él podría quejarse de multitud de cosas mías, pero como mi blog lo escribo yo, empezaré primero. Así que podría quejarme de que él no me da el cuento de hadas que yo veo en las pelis y cuando vamos a Menorca en barco no me abraza en cubierta o cuando vemos ponerse el sol y pedimos un deseo sus ojos no me miran de reojo para sincronizar un anhelo común. Podría disgustarme porque no se curra mis regalos de cumpleaños como antes (entiendo que puso el listón muy alto el primer año con unos patines de hielo o en nuestro 4º aniversario de novios con un viaje sorpresa a Mallorca…pero de eso a un libro de cocina o a nada en la última ocasión, sin comentarios).
Podría odiarlo cuando le pido que me susurre algo con amor y me dice amorfa  o cuando cada vez que subo al coche se olvida de abrir el seguro de mi puerta y tengo que repicar en la ventanilla para que me abra. Podría enfadarme también porque no conoce  el significado práctico de la palabra complicidad y porque cuando le pregunto si llevo bien el pelo me dice que si sin levantar la vista de lo que está haciendo. Podría repatearme enormemente que su sentido del peligro difiera tanto del mío que me haga parecer una histérica cobarde y podría enfurecerme tener que darle la razón al comprobar que las escenas de las pelis nunca salen igual en la vida real, léase sexo en la ducha, paseo en descapotable o lágrimas de San Lorenzo desde el frontón. Podría enervarme por  no poder compartir ciertos aspectos de mi mentalidad/intimidad con él porque lo que yo veo factible él lo ve insalvable y nuestro sentido de la pertenencia y de la expresión sentimental es como el chino y el croata. Y podría indignarme muchísimo por no poder compartir una bachata pegaditos o no conseguir abstraerlo en medio de una multitud, en cualquier lugar, para estar los dos el uno con el otro como si estuviéramos solos. Podría contrariarme por ser capaz de leer en sus ojos cuanto valora desorbitadamente ciertas cualidades en otras personas (entiéndase mujeres) y en cambio no ser capaz de reconocerlas en mi. Y podría seguir largo y tendido, una lista sin fin que seguro iría creciendo con cada año de convivencia.
¿Pero sabéis que? he decidido no quejarme por nada de eso y centrarme en buscar qué es lo que vio aquella chica en el bar para llamarnos enamorados. Y no me ha costado demasiado  emocionarme cuando sabe lo que pienso sin decirle nada, cuando me sorprende con un donut un día cualquiera o cuando le convenzo sin tener que persuadirle para apuntarme a la convocatoria de bomberos y encima me da esperanzas de poder conseguirlo.
Cuando me regala la cereza que ha caído en su trozo de tarta, me comparte un post que sabe me va a interesar o se acuerda de mi al escuchar una canción de la que después no recuerda el titulo. Cuando desde lejos ya sabe que lo que estoy haciendo no me gusta, cuando me compara con la Jane del Tarzán de Walt Disney, cuando veo el magnífico equipo que hacemos los 4 o cuando seguimos compartiendo los mismos proyectos  y sobre todo cuando a pesar de su torpeza para verbalizar sentimientos, me dice contundente y sin pestañear que no tiene ningún interés en cambiar a otra vida sin mí.
Cuando consigue asombrarme resolviendo en un instante un rompecabezas logístico que a mí me ha tenido obcecada durante una hora y como con qué claridad discierne el bien del mal y su fascinante nulo sentido de la venganza y del rencor. Adoro la capacidad que tiene para ver la bondad en todo el mundo, obviar  las malas intenciones, buscar  siempre el lado positivo de las cosas o si no lo tienen, como acepta esas circunstancias sin rechistar (aunque esto último yo  lo pondría también en la columna de lo malo). Me encanta como se encienden sus ojos azules al mirarlos en la playa y lo tremendamente guapo que está con sombrero o vestido con ropa de montaña, lo que me impone montado en la moto, ese huequillo de su clavícula y su labio inferior apeteciblemente mordible. Lo de padre ejemplar no voy ni a mencionarlo porqué la puntuación se saldría de los límites, al igual que su buena voluntad para ayudar siempre a todo el mundo sin darle la más mínima pereza.  También podría alabar su predisposición para seguirme en todas mis locuras artísticas de carnaval, bricolaje o edición de videos. Pero en definitiva, creo que tal vez la cualidad que más debería valorar en él sea simplemente estar. Estar ahí siempre, hasta cuando parece que no esté o cuando todo me indica que no quiere estar, incluso cuando yo no quiero que esté; pero SI está y a pesar de ser como un ogrillo refunfuñón a veces, me reconforta que aunque sea sólo muy de vez en cuando logre hacerme sentir, todavía y para siempre, su chinita. Eso tal vez no sea complicidad o no sea de película en su sentido más literal, quizás tampoco sea puro amor, pero sabed una cosa, si no lo es, os aseguro que se le parece.


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